La última frontera antes del Triángulo Dorado, Los Mochis, pierde la paz y la tranquilidad

El último bastión de paz se acabó. La ciudad más próspera del norte del estado, donde hasta ahora se ubicaba el Ingreso Per Cápita más alto de la entidad

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La última frontera antes del Triángulo Dorado, Los Mochis, pierde la paz y la tranquilidad
La casa donde presuntamente habitaba “El Chapo” Guzmán.
Foto: Foto: Especial SinEmbargo

En el relato La Carta Robada, el escritor Edgar Allan Poe demuestra que un delincuente puede estar enfrente y hasta convivir con los policías sin que estos se den cuenta. Eso pasó en Los Mochis, en este pedazo del norte sinaloense, con Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo” Guzmán. Porque a primera vista, este no era un territorio para agarrarlo. Ni a él, ni a nadie. Los Mochis, la tierra que en la lengua mayo-cahíta quiere decir lugar de tortugas, era un destino en el que se mezclaba el ambiente conservador de sus casi 300 mil habitantes y la condición de ser el último bastión de paz antes del Triángulo Dorado, esa punta de cerro donde Sinaloa hace comunión con Chihuahua y Durango.

Los Mochis podía verse como la última zona urbana antes de que el camino –la carretera México 15- condujera a la puerta de entrada del punto conocido como “arriba”. Allá están esos territorios verdes montañosos e inaccesibles, donde se suelen encontrar sembradíos de mariguana, mota y opio. “Era en aquella punta donde podía estar Guzmán Loera y no aquí”, indica con el dedo apuntalado don Rubén Castro, quien hace 56 años nació aquí y ahora es trabajador de La Costeña.

El patrullaje rumbo a la sierra de elementos del Ejército y la Marina Armada de México así lo indicaba: Guzmán Loera no podía estar en la zona urbana, sino entre los cerros. Siempre iban hacia allá.

Aquí todo empezó con una ensoñación. En 1872, el ingeniero estadounidense Albert K. Owen, contratado por el entonces Presidente Sebastián Lerdo de Tejada para hacer estudios para la construcción de las vías ferroviarias, imaginó una ciudad al lado de la Bahía de Ohuira. No cualquiera. Deseaba formar una comunidad socialista con habitantes estadounidenses, en pleno norte de México y afuera de su país. Años después, Porfirio Díaz, quien se había hecho del poder, se lo permitió. Tras un largo intercambio de cartas, Owen convenció al Mandatario que más años gobernó México y que fue retirado mediante una Revolución. Uno de los primeros habitantes del nuevo proyecto urbano fue Benjamín F. Johnston quien de un trapiche (un molino de azúcar) construyó un ingenio azucarero que después se llamó “The Aguila Sugar Refining Company” y luego, el Ingenio Azucarero de Los Mochis.

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Los colonos invitados por Owen no lograron convivir. Separados, emigraron hacia otros poblados a fundar negocios o realizar cultivos. El sueño se acabó en pocos años. Pero Los Mochis, lo que iba a ser la ciudad de Los Mochis, creció y creció en su actividad económica. En el siglo XX no sólo tuvo auge del procesamiento de caña sino de la producción agrícola del Valle del Fuerte de chile y tomate. Creció más que Ahome, el municipio al que pertenece. El gazapo cometido por el Presidente Enrique Peña Nieto al darle a la ciudad el nivel de muncipio –en su discurso oficial del pasado viernes para dar a conocer la captura de “El Chapo”– es una confusión común: hasta ahora, Los Mochis se erigía próspera, como polo de desarrollo, con una contribución de 45 por ciento de su actividad de servicios al estado.

En sus 115 años, este territorio que de acuerdo con las leyes agrarias aún es un ejido, se convirtió en la ciudad con el Producto Interno Bruto más alto de la región –sólo después de Culiacán, la capital- y el Per Cápita más alto de la entidad.

El Ingenio ha dejado de funcionar. La última huelga para reclamar pagos atrasados ocurrió en 2014. Ahora es un cúmulo de chatarra con sus terrenos en venta. “¿Y usted quién cree que puede comprar eso?” –dice una mujer con tono de enojo. Si ya todo aquí es Chapo, puro Chapo es aquí.

En estos días, las luces se han apagado. Los Mochis es otra ciudad de terror. Como otras de aquí. La detención del capo más buscado de México hizo virar la vida. Y es un trago amargo que no logra pasarse.

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El Fraccionamiento Las Palmas está bajo la mirada del planeta. Hay dos colegios de los tres niveles escolares y decenas de elementos de la Secretaría de la Marina Armada en el mismo perímetro. Hoy lunes, cientos de niños los verán frente a sus escuelas y convivirán con ellos. Por lo pronto, los teléfonos celulares se accionan. Si se le pregunta a los marinos, si se pueden tomar fotos, aceptan sin reparos. Pero en realidad no hay ánimo para el turismo. En cuanto oscurece, los pobladores se resguardan, se van, cierran las puertas y convocan a un silencio inusual.

-Yo no le debo nada a nadie –dice el guardia del llamado Tráiler Park. Un hombre de 60 años que no admite que se le tomen fotos ni videos. Al sitio que cuida suelen llegar estadounidenses en sus carros “camper” a vivir aquí. Ahora no hay nadie. Sólo él. Y no quiere que se tome ninguna imagen del campo donde reina el vacío. Y su voz única.

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La carretera México 15 está enfrente. A unos metros, el llamado Trébol por donde Joaquín Guzmán Loera habría tomado rumbo a Navojoa, Sonora.

-Por aquí pasaron, pero yo sólo vi. Porque, le digo yo: aquí ya no se va a poder vivir en paz. Por esto, por los que pasaron por ahí. Y antes, mucho antes, eso no era así.

Los habitantes admiten que no fue eso lo que arrojó contra el suelo aquella vida de paz de Los Mochis. Todo empezó a echarse a perder en 2008, cuando Alfredo Beltrán Leyva, otrora brazo del llamado Cártel de Sinaloa, fue detenido por elementos del Ejército Mexicano y “El Chapo” Guzmán fue acusado de traición. Si el mapa del estado se ve a través de la geografía del narcotráfico, puede decirse que unos municipios se quedaron bajo la operación de un grupo conocido como “Chapitos” de Isidro Meza Flores y otros, bajo los de Orso Iván Gastélum; es decir de Guzmán Loera.

Eso coincide con la persistencia de la muerte en la sindicatura cercana de Juan José Ríos. La Policía Municipal ya tiene una estadística: dos hombres muertos por día, en el fenómeno ya conocido como “levantón” en diciembre de 2015.

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“Ahí no se entra si nada se perdió” –describe el conductor de un autobús de la línea Norte de Sinaloa que en estos días sólo acepta hacer paradas inmediatas a la entrada de la ranchería. Luego arranca, veloz.

En Los Mochis, en noviembre pasado, la misma Policía registró a 35 personas levantadas. Este mismo diciembre, cuatros jóvenes de Culiacán que vinieron a visitar a sus novias, desaparecieron.

JUEGO DE CASAS

Si Owen soñó una colonia, aquí está, pero desmantelada. Hay nuevas edificaciones y muchas casas abandonadas. De hecho, la vivienda en Jiquilpan y Río Quelite, en la Scally, donde se resguardó “El Chapo” Guzmán fue el domicilio de un grupo de mormones. Luego, en 2015, la casa se quedó vacía. En diciembre, fue remodelada de inmediato.

En Jiquilpan se construía una casa. La de al lado, yace abandonada. “Era de El Chapo”, dicen los vecinos. Y cuentan casi en murmullo: “Anduvieron comprando y transformando casas a lo loco. Por eso, mucho de este fraccionamiento sigue con el letrero colgado. Todo se está vendiendo”.

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“La tracatera del viernes nos escondió”, toma la palabra uno de esos habitantes. “Y no creo que salgamos aunque venga la televisión, como ya está llegando”.

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La vivienda donde “El Chapo” se resguardó permanece custodiada por militares.

 

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La casa donde presuntamente habitaba “El Chapo” [izquierda] se encuentra al lado de la del boxeador Fernando Montiel “Kochulito” [derecha].

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La vivienda donde se resguardó “El chapo” y ahora sirve para tomarse “selfies”.