Nadie emigra por capricho

Nadie emigra por capricho, emigra por amor a su familia, porque sólo así se es capaz de superar el sacrificio de la separación y la soledad en un nuevo país
Nadie emigra por capricho
Quienes se rasgan las vestiduras para argumentar contra la migración, olvidan que el país que los recibe también obtiene beneficio.
Foto: John Moore / Getty

Se llama Víctor. Nació como el mayor de 12 hermanos en Jalapa, oriente de Guatemala. En 1981, cuando muchos huyeron del país por la violencia del conflicto armado, Víctor emigró hacia Estados Unidos para ayudar a sus padres a sostener el hogar. Tenía 18 años y, para entonces, él y sus hermanos y padres trabajaban como agricultores en tierras ajenas, o en lo que podían conseguir. Demoró tres meses en llegar a California. Lo detuvieron dos veces en San Diego y lo deportaron—a México, porque insistió en que era mexicano. Tuvo la intención de volver, pero acabó quedándose. Ocho de sus hermanos también se fueron.

Hoy trabaja en EE.UU. en “landscaping”, o jardinería, un oficio que en Guatemala, muchos de la clase media para arriba ven con menosprecio, pero que a Víctor le ayudó para enviar remesas a sus padres y hermanos. Víctor aprovechó los beneficios migratorios que el gobierno estadounidense ofreció, las diferentes amnistías o posibilidades de legalizar su situación, y hoy es un ciudadano estadounidense. Con orgullo muestra la libreta azul (su pasaporte) con el sello del águila y las letras doradas “United States of America”, especialmente cuando explica que puede firmar su nombre, pero le cuesta escribir, porque apenas pasó por la escuela. Como sus hermanos, debió trabajar desde niño. “Pero a pesar de eso, tengo esto”, dice,mientras muestra el pasaporte.

En la tercera semana de mayo, Víctor viajó a Guatemala con una misión: acabar de legalizar la solicitud de residencia de las hijas de su esposa (qué él adoptará) para llevarlas a Estados Unidos, para que a sus 10 y 12 años de edad tengan la oportunidad de una mejor vida, y para que se reencuentren con una madre a la que no ven desde hace ocho años—y que, siendo madre soltera, las dejó con la abuela para poder sostenerlas a distancia.

Es una realidad que supera a la ficción. La novela “Hot Sur” (Planeta, 2013), de Laura Restrepo, cuenta la historia de una intrépida migrante colombiana que deja a sus dos hijas en Colombia para trabajar en EE.UU., con la ilusión de ahorrar suficiente dinero para pagar sus pasajes y “mandarlas a traer”. Pero, entre el costo de la vida en EE.UU., y lo que gasta en pagar su manutención en Colombia, pasan meses y años sin conseguirlo. Finalmente, con mucho sacrificio (y a costa de tragar humillaciones), después de cinco años logra que sus hijas viajen a EE.UU.

Una espera mayor padece la esposa de Víctor. Desde que han estado casados, ese sufrimiento por la separación de sus hijas siempre los acompañó. Eso lo movió a conseguir su pasaporte y a iniciar los trámites para llevar a las niñas a EE.UU. Pidió permiso dos semanas del trabajo, y preparó su equipaje. Hasta estuvo dispuesto a dejar el trabajo si no le daban permiso, pero su jefe, un gringo, no sólo lo dejó ir. Le dijo que si necesitaba más de dos semanas, que se tomara el tiempo.

El caso de Víctor no reflejará las vidas de los 11 millones de migrantes en EE.UU., pero deja varias reflexiones. Nadie migra por capricho, migra por amor a su familia, porque sólo así se es capaz de superar el sacrificio de la separación y la soledad en un nuevo país. Es evidente que muchos empleadores estadounidenses valoran el trabajo de los migrantes, sino, ¡no habría oferta de empleo para ellos! Claro, muchos se aprovechan y les pagan menos de cuanto exigiría un anglosajón, o los someten a situaciones laborales riesgosas como si fueran deshechables, o a vejámenes a cambio de hacerles más productivos (véase el caso de las plantas empacadoras de pollo que obligan a los trabajadores a usar pañales porque sólo les dan permiso de ir al baño una vez al día). Una persona sólo soporta eso por amor y por necesidad.

Quienes se rasgan las vestiduras para argumentar contra la migración, es evidente que ni son empleadores, ni han conocido de cerca las razones que empujan a miles de latinoamericanos a viajar indocumentadamente a EE.UU. Es cierto que este país no tiene la responsabilidad de cargar con las consecuencias de las miserias del resto del continente. Sin embargo, se beneficia de la ola de trabajadores migrantes en el país y, en esas circunstancias el argumento anti-inmigrante carga con una doble moral.

Si algunos piensan que los Estados Unidos está jodido, nunca lo estará como otros países, empezando por los del triángulo norte de Centroamérica y México. No digamos Venezuela. Pero el racismo y la ignorancia no le permitan a muchos en EE.UU. entender que la migración es un proceso de dos vías. Recibe el que migra, y el que lo emplea (muchas veces, con injusticias). No es un asunto de una vía. Y si tampoco entienden que la migración es un sacrificio por amor, no entienden nada.