Ciudadanos hijos de indocumentados cuestionan a una patria que aplasta a sus familias
Para los jóvenes nacidos y criados aquí, la persecución y deportación de sus padres es una realidad que no pueden entender como lógica, o justificada.
Steven Taborda, un joven de 16 años, originario de Las Cruces, Nuevo México y Yessenia Cedillo Rodríguez, 20 años y nacida en Baltimore, Maryland, son hijos de inmigrantes que a menudo se preguntan por qué las autoridades de su patria, el único país que conocen, están tomando decisiones que contribuyen a destrozar familias como las suyas.
“Es muy decepcionante”, dijo Cedillo. “Hace poco fuimos a una cita con ICE para el caso de mi mamá y un oficial llegó con una cadena muy pesada y esposas. Pensé… ¿en realidad es esto necesario? ¿Solo por tu estatus migratorio te tratan así? Hay tantos nacidos aquí que son mucho peor”.
Por el momento, Marta Rodríguez, la mamá de Yessenia, logró retrasar su deportación al menos hasta julio, y la joven espera que un abogado que los ayuda pueda presentar documentos que convenzan a un juez de que su progenitora tiene un caso para quedarse.
“El solo pensar en perderla me rompe el alma”, dice la muchacha, una de seis hijos de Rodríguez, quien en sus años viviendo en Baltimore y limpiando casas fue capaz de criarlos a todos, comprar una propiedad y un carro nuevo. “El más afectado sería mi hermanito de 15 años y mi hermano “.
La madre hondureña dejó en ese país, internado en un centro privado, a un hijo mayor discapacitado por el que envía 600 dólares mensuales en remesas.
Aparte del trauma, hay indignación en muchos jóvenes estadounidenses de primera generación que están siendo testigos del rompimiento de todo lo que conocen en sus vidas hasta ese momento, cuando uno de sus padres cae en manos de la Agencia de Inmigración y Aduanas (ICE).
Algunos de ellos deben tomar decisiones totalmente inusuales para la inmensa mayoría de jovencitos nacidos en Estados Unidos de América. Un ejemplo de ello es Steven Taborda de 17, quien hace poco más de un año entró a una iglesia santuario para acompañar a su papá Jorge. Ahí ha vivido desde entonces.
“Aún estoy ahí con él”, cuenta Steven a La Opinión. “El no puede salir de allí y a mí a veces se me dificulta movilizarme para la escuela y hacer otras cosas necesarias porque la iglesia está un poco alejada de la ciudad. Pero la comunidad se ha volcado en ayudarme”.
Su papá Jorge Taborda, un técnico en computación y galardonado voluntario de la Cruz Roja Americana, debió tomar la decisión radical de acogerse a un santuario religioso -y su hijo con él- luego que autoridades migratorias recogieron a su esposa e hijo mayor hace poco más de un año con intención de deportarlos.
La madre de la familia, Francia Elena Benítez Castaño fue deportada a su nativa Colombia en junio y el hermano mayor, Jefferson, obtuvo DACA y fue liberado.
Hace poco Steven, el único ciudadano de la familia y estudiante destacado de secundaria, publicó un artículo de en un medio de noticias en inglés deplorando lo sucedido. “Una carta desde el santuario sobre el destrozo de familias“, se tituló el escrito, publicado por BuzzFeed.
“He aprendido que el sistema de inmigración es injusto… Es una pérdida de dinero deshacerse de alguien que no está haciendo ningún mal; de hecho, haciendo lo opuesto. Deshacerse de los inmigrantes indocumentados respetuosos de la ley perjudica a las comunidades, familias e incluso a otros ciudadanos que fueron ayudados por esos inmigrantes“, escribió el muchacho.
Injusto o no, la nueva política de deportar a inmigrantes con órdenes viejas de deportación, sean o no personas productivas y con un record limpio en cuanto a delitos penales, está teniendo un efecto inmediato en miles de familias, que incluye a muchos hijos ciudadanos.
Las cifras son abrumadoras. Según estimados del American Immigration Council, casi 6 millones de ciudadanos estadounidenses, viven con un familiar o pariente que es indocumentado. La deportación de padres o familiares de ciudadanos no es algo nuevo y los expertos han encontrado una variedad de efectos negativos en ellos, a raíz de la detención y deportación de los adultos.
La expulsión de uno o dos padres puede resultar en separación familiar aún sin que haya una decisión de por medio y a menudo, los progenitores buscan que sus hijos puedan quedarse en Estados Unidos si son ciudadanos y el regreso a un país, para ellos ajeno, es visto como más perjudicial para los menores.
La deportación de un padre o madre, sobre todo si este es el principal sostén familiar, puede marcar el futuro de los hijos durante muchos años.
Yessenia Cedillo ha tenido que posponer su inicio de estudios superiores en un colegio comunitario, desde enero pasado, hasta marzo y luego para los próximos meses, a raíz de la noticia que sorprendió a la familia luego que la madre, Marta, se presentó a una cita con ICE a principios de año y le dijeron que tendría que regresar a su país.
“Todo empezó a derrumbarse, estábamos muy contentos y a punto de abrir un negocio de limpieza con la clientela de mi mamá, y tuvimos que detenerlo todo a partir de ese momento”, dijo la jovencita. “Todo comenzó a derrumbarse, esa noticia nos devastó”.
La muchacha es la única ciudadana del grupo, también tiene tres hermanos con DACA, por lo que el peso de la familia sin su madre parece caer sobre sus hombros.
“Mamá es el mayor ingreso en la casa”, agrega. “Si ella tiene que irse, yo tendría que cortar mis estudios y tomar un trabajo a tiempo completo para no perder la casa, el carro y los 600 que paga por el cuidado de mi hermano discapacitado en Honduras. Ella no podría sobrevivir allá”.
Yessenia se jacta hasta del buen “crédito” que tiene su progenitora. “Hasta mejor que el de muchos ciudadanos…creo que todo lo que ha logrado dice mucho de su carácter y de su moral”.
Que su país de origen está expulsando a las personas más importantes en sus vidas, resulta contradictorio y confuso para jóvenes como Yessenia y Steven.
Jorge, el papá de Steven, tenía diversos premios de la Cruz Roja por su trabajo como voluntario, ha trabajado en 13 desastres naturales como el Huracán Katrina y la Super Tormenta Sandi y el propio Steven es un excelente estudiante.
“Mi papá ha dado de comer a cientos de personas, quizá miles, únicamente como voluntario en un desastre”, dice Steven. “Pero parece que eso no cuenta para nada”.
Hasta el 9 de mayo, el día que su mamá fue deportada y puso a su papá en peligro de la misma situación, Steven era un adolescente.
“Ahora tengo todo el peso del mundo sobre los hombros”, explica.
(Esta nota es parte de una serie sobre ciudadanos afectados por la política migratoria de Estados Unidos)