Los “soldados” de Puebla que luchan en Nueva York en la guerra contra el coronavirus

Este 5 de mayo se conmemora la sonada batalla mexicana, que en EEUU se volvió una fecha casi nacional, y miles de inmigrantes en primera línea de riesgo, ayudando a que la ciudad no se caiga, son héroes anónimos

Repartidor en Nueva York.
Repartidor en Nueva York.
Foto: Edwin Martínez / Impremedia

El 5 de mayo se conmemora la batalla de Puebla, lucha en la que el pueblo mexicano se enfrentó en 1862 al ejército francés, que pretendía invadir el país azteca. Y aunque hoy, 158 años después, Antonio Tula no tiene armas de fuego ni está recurriendo a la violencia para desterrar al enemigo, forma parte de un pelotón de “soldados”, que en medio de la guerra contra el coronavirus, lucha en la Gran Manzana por mantener viva la ciudad.

Aunque su apariencia es menuda y escasamente llega a 1.55 metros de estatura, desde que se lanzó la voz de alerta por el despiadado virus, el joven de 27 años dejó colgado en su armario el temor de contagiarse del COVID-19 y le ha puesto el pecho a la pandemia.

Como buen soldado, mientras millones de neoyorquinos permanecen confinados en sus casas obedeciendo las normas de la cuarentena impuestas por las autoridades, el mexicano se viste con su sudadera negra, un chaleco fluoroscente en color verde neón con rayas naranjas, un casco colorido, sus infaltables botas de cuero, su máscarilla y sus guantes de látex para llevar órdenes de comida a decenas de hogares. Su campo de batalla son los vecindarios de Long Island City, Astoria, Sunnyside y Woodside, en Queens, el condado más golpeado por el COVID-19, y su implemento de caballería es su fiel motocicleta eléctrica, aquella misma que en tiempos de “paz” le significó varias multas, porque la Ciudad y el Estado se negaban a legalizarlas y los policías no cesaban de perseguirlo.

Pero, ¿por qué arriesgar la salud y la vida en momentos en que más de 300,000 neoyorquinos se han infectado del coronavirus y cerca de 20,000 han quedado en las estadísticas como tristes fatalidades del paso de la infame epidemia por la tierra de la famosa canción de Frank Sinatra? El poblano lanza una respuesta desde el alma.

“Es que si uno no trabaja, no come. Hay chamacos que alimentar, renta y facturas por pagar y también, un ejemplo que dar”, asegura el trabajador mexicano, revelando en su armería dos principios que dice ser innegociables desde que los aprenció de sus padres en su natal Cholula, en Puebla. “A mi me enseñaron desde niño que en la vida hay que ser valiente y hay que tener palabra, así las cosas estén fregonas. No me pareció bien darle la espalda a mis jefes que tan bien se han portado conmigo, justo en un momento difícil como éste”, agrega el repartidor de comida.

Y sobre lo que siente cada vez que escucha que figuras públicas como el gobernador Andrew Cuomo y el Alcalde Bill de Blasio se refieren a repartidores como él, en la misma escala de médicos y enfermeros, atrincherados en la primera línea de riesgo, como “héroes”, Tula no oculta su pesar.

“Eso me duele mucho. Saber que dicen muchas cosas con sus bocas y que no paran de dar las gracias, pero no hacen nada de verdad por nosotros, duele en el alma”, es la queja del mexicano, quien como otros de sus paisanos sin documentos, siente que a la hora de servir,  “los que comen lo mencionan”, pero a la hora de recibir ayudas económicas para solventar la crisis, es invisible.

“Duele oír al gobernador diciendo que no nos va a echar la mano y al alcalde anunciando que solo habrá ayuda de poquito para unos poquitos, que porque están quebrados, cuando hace unas semanas sí decían que no importaba si tenían que endeudarse para conseguir ventiladores”, dice Antonio. “Entonces, ¿para qué llamarnos héroes si no nos tratan igual a que todos. Solo nos usan”.

Y cerca del río Manhattan, del lado de Queens, otro héroe, cuyo uniforme son un overol de construcción y su tapabocas, y cuyas armas son su taladro, su martillo y sus rodillos de pintura, también es un rostro de Puebla en Nueva York. Juan Hernández, un obrero de 57 años que no ha tenido descanso alguno desde que empezó la pandemia del COVID-19 se siente orgulloso de poder ayudar a mantener viva la ciudad.

“Yo le hago al jale (trabajo) sin ningún problema y se siente chido (bien) que uno esté chambeando poniendo un granito de arena en todo esto que ‘tá pasando para que la ciudad no se muera”, dice el mexicano, quien al mismo tiempo confiesa que a veces lo invade el miedo.

“No niego que uno de repente se agita con tantas cosas que se oyen, pero como buen mexicano no nos rendimos y sacamos la casta y vamos a seguir en la lucha”, agrega el constructor, contando que ya ha visto a un par de compañeros enfermarse por la exposición diaria que tienen, sin distanciamiento social, en sus jornadas, de 9:00 de la mañana a 5:00 de la tarde.

Y como hicieron en la Batalla de Puebla los más de 2,700 mexicanos que le pusieron el pecho a los franceses, el poblano insiste en que lo que lo mueve a no colgar la toalla y seguir en el frente de batalla son “la necesidad y la dignidad”. Su confesión no le quita el derecho que se toma de hablar claro y fuerte, como hacen los jefes de pelotón en las avanzadas de guerra, y como otros inmigrantes dice que prefiere acciones en vez de palabras dulces… y lanza “una granada” de auxilio.

“‘Taría más chingón que en vez de llamarnos héroes fueran justos con nosotros (los indocumentados) y que no nos dejaran morir solitos… las deudas nos ‘tan ahorcando. Sería chingón que todos fuéramos del mismo ejército, y así como nosotros ‘tamos arriesgando nuestras vidas, que ellos nos valoraran de verdad y no palabritas nada más”, advierte el mexicano señalando que el gobierno aún está a tiempo de enmendar su abandono financiero.

“Como dice mi mamá, allá en Cholula, ‘si quieres conocer realmente a alguien, fíjate cómo te trata cuando ya no te necesita’… el problema es que aquí nos necesitan, ‘tamos poniendo el pecho y todavía nos ignoran como si fuéramos invisibles. ‘Tan cabrones”.