Mexicano que fue el hombre más gordo del mundo sobrevivió al coronavirus pero perdió a sus padres

Juan Pedro Franco Salas alcanzó las 1.310 libras en 2016. "Hay que dejar de comer mal, hacer ejercicio y cambiar nuestras vidas", advierte
Mexicano que fue el hombre más gordo del mundo sobrevivió al coronavirus pero perdió a sus padres
La madre de Franco Salas murió por coronavirus el 1 de septiembre.
Foto: ULISES RUIZ / AFP / Getty Images

Por Albinson Linares

Juan Pedro Franco Salas es un hombre marcado por los superlativos.

Alcanzar el grado máximo en cualquier área, disciplina o condición física es el sueño de muchos, que en algún momento, sobre todo en la infancia, desean ser la persona más inteligente, más rápida, más fuerte o tener cualquier otra habilidad que los lleve a superar la medianía, el promedio de los mortales.

Para Salas, sin embargo, ser excepcional ha sido una pesadilla desde su niñez más temprana por un sobrepeso galopante que nunca pudo controlar. Haber sido el hombre más obeso del mundo es la sombra que pesa sobre sus hombros: en 2016, ingresó al Libro Guinness de los Récords por haber alcanzado las 1.310 libras (595 kilogramos).

“Ese récord no es un orgullo para mí”, dice Salas, de 36 años, “no es un premio económico, solo el reconocimiento, pero igual lo acepté porque así puedes llegarle a más gente. Te vuelves más conocido y tal vez así las personas se darán cuenta de que el sobrepeso es un problema grande”.

Desde mayo de 2017, Salas se ha sometido a una serie de cirugías que han logrado que adelgace hasta cerca de 440 libras (200 kilos).

Nacido y criado en Aguascalientes, México, su caso es la manifestación extrema de un problema de salud pública que ha sido considerado como una epidemia por las autoridades mexicanas, que, en 2016, decretaron una alerta debido a las altas tasas de diabetes y obesidad.

Juan Pedro Franco Salas
Juan Pedro Franco Salas ha perdido 440 libras en tres años. Foto: Getty Images

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Desde hace años, México posee el dudoso honor de disputar los primeros lugares de obesidad en el mundo: según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2018, el porcentaje de la población mayor de 20 años que sufre de obesidad y sobrepeso es del 75%.

Hay 8.6 millones de personas que sufren diabetes y 15.2 millones que padecen de hipertensión, enfermedades que en muchos casos suelen estar asociadas con los problemas de peso. México tiene 126 millones de habitantes.

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“La epidemia de enfermedades crónicas, inducida por la mala alimentación y sobreoferta de productos industrializados no saludables“, convirtió a México en más vulnerable ante “un evento agudo” como la pandemia del coronavirus, aseguró el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, en mayo.

“Con una enfermedad infecciosa como el COVID, [México] tiene una carga muy importante que no tienen las naciones europeas”, añadió.

El 24% de los fallecidos en México hasta el 3 de septiembre padecían obesidad, según las autoridades sanitarias (en total, 16,118 personas).

Aunque el vínculo entre la obesidad y los casos graves de COVID aún se está estudiando, existen evidencias de que ese padecimiento puede aumentar las complicaciones severas ocasionadas por la pandemia.

Un estudio reciente realizado con más de 5,200 pacientes infectados, y que incluyó a un 35% de personas obesas, detectó que las posibilidades de hospitalización subieron para quienes tenían un índice de masa corporal elevado.

“Se observa una tendencia a la hospitalización e intubación de las personas que sufren de obesidad, hipertensión y diabetes, parece que desarrollan formas graves de esta enfermedad”, explica Daniel Pahua Díaz, académico del Departamento de Salud Pública de la Universidad Nacional Autónoma de México.

“En el caso de la obesidad, el cuerpo ya está estresado por un proceso inflamatorio y eso altera sus funciones, y llega esta infección que provoca una cascada de inflamación como una respuesta desequilibrada del organismo y complica procesos como la respiración”, afirma Pahua, quien está realizando un estudio sobre la incidencia de las comorbilidades en las complicaciones relacionadas con el COVID-19.

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Para personas como Salas, el coronavirus parece así una sentencia de muerte.

En muchos aspectos es un sobreviviente que habla de su pasado como de una guerra, una batalla diaria contra el sobrepeso, pero nada lo había preparado para lo que sufrió el mes pasado.

Mi mamá se enfermó de COVID y falleció el 1 de septiembre. A mí también me dio, pero los síntomas han sido como de gripa y decaimiento. El coronavirus no es mentira, y a los gorditos nos puede matar”, dice con voz cansada, mientras recuerda que su padre falleció hace tres meses de un infarto fulminante por el miedo que le daba contagiarse de la enfermedad.

“Veía las noticias y eso lo ponía peor”, explica, “estaba encerrado y se sentía mal, pero no quería ir al doctor por lo mismo de que decía que se podía contagiar. Y así se murió”.

Un chico que quería ser normal

La desmesura acompaña a Salas desde su nacimiento hace 36 años en Aguascalientes. Con añoranza dice que en ese momento era normal, solo pesó ocho libras (3 kilos y medio), y lo remarca en sus conversaciones.

“Empecé a subir 10 kilos por año desde que nací, y para los 6 años ya pesaba 70 kilos [155 libras]. Estaba descontrolado, pero me llevaban a doctores que decían que era algo normal y se me iba a quitar cuando creciera”, recuerda.

Pero no se le quitó. Su madre, María de Jesús Salas Lemus, solía rememorar en detalle el largo peregrinar de su hijo a través del sistema médico mexicano. En el Seguro Social lo medían y pesaban en los chequeos rutinarios pero nada más, no la ayudaban cuando desesperadamente les preguntaba por qué su hijo engordaba tanto y tan rápido.

“El pediatra solo me dijo: ‘Señora ya no se preocupe más que cuando él crezca se le quita solo’. Así me dijeron esos irresponsables”, explicaba casi sollozando el año pasado.

En dos ocasiones lo refirieron al Centro Médico Nacional de Occidente, en Guadalajara, y también lo mandaron a León con el Seguro Social. En esos sitios lo sometían a dietas estrictas de verduras cocidas durante un mes, sin grasas, harinas, ni nada. “Pero no bajaba un gramo”, decía su madre desconsolada.

Los abusos fueron una constante en su vida. Las burlas, los golpes y las persecuciones eran parte de su rutina diaria. Siendo el más joven de cuatro hijos, tres hombres y una mujer, era habitual que sus hermanos se pelearan con los compañeros de la escuela que decían “ahí va el marrano”.

Pese a todas esas dificultades que terminaron por truncar sus aspiraciones y hacer que abandonara la secundaria, comenta que era un chico normal al que le gustaba correr, jugar con sus amigos, practicar deportes, subirse a los árboles y brincar por todos lados.

Salas insiste en la normalidad. Lo que a otros le molestaría por ese imperativo moderno que impone la excepcionalidad y la diferencia, para él es su meta más importante. Explica que siendo muy joven, su padre se tuvo que pensionar porque se lesionó la espalda en el trabajo, por lo que tuvo que empezar a chambear desde los 9 años como ayudante en una tienda de abarrotes.

Pero nunca se achicopaló por sus problemas, al contrario, cuando dejó de estudiar se dedicó a diversos oficios como ser carretillero en los mercados pasando por la mensajería hasta ser empleado de un taller de costura. Allí le tocaba ayudar en todo: desde entregar piezas en pesados costales hasta aprender a coser.

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“Yo me pasaba todo el día trabajando, no es como piensa la gente que estaba sentado frente a una máquina y por eso engordé. No. Y en las noches me gustaba ir a los bailes, me pasaba hasta cinco horas bailando”, dice mientras se le ilumina el rostro al recordar esa época, “era una actividad muy intensa, también iba a jugar al futbol y eran dos o cuatro horas de partidos porque cuando uno está chavo no siente el cansancio. Y, al otro día, a las 7 de la mañana, me iba a trabajar”.

Francco es una de esas personas que puede identificar, casi con toda seguridad, el momento en que su vida dio un vuelco. Hasta ese momento luchaba por ser un chico más y, siempre que podía, desplegaba una gran actividad física. Hasta que sucedió “el accidente”.

Su rostro se ensombrece al recordar ese viaje a San Luis Potosí en una excursión de su trabajo.“Nos quedamos sin frenos en un autobús y me quebré todo el lado derecho”, dice lacónico, “solo tenía 17 años, era muy joven”.

Eran las 3 de la mañana por una zona que se llama Valle de los Fantasmas cuando sucedió el choque. Pese a los golpes, nunca perdió la conciencia, el dolor de su fémur derecho era sumamente intenso y lo mantuvo en vigilia hasta las 7 de la mañana cuando pudieron trasladarlo a un hospital.

“Llegué muy mal, como en shock por toda la sangre que había perdido por dentro, porque el fémur estaba quebrado y se deshacía cada vez que me movía. En ese momento estaba muy débil y casi me desmayaba pero no me dejaban”, explica con un dejo de tristeza.

Le pusieron una placa con 12 tornillos en la pierna y, aunque solo estuvo 15 días internado en el centro médico, duró año y medio sin poder levantarse de la cama. Era el inicio de uno de los periodos de inmovilidad que se volverían recurrentes en los años venideros.

En ese entonces pesaba 530 libras (240 kilos), pero subió hasta las 730 libras (330 kilos) rápidamente. Para colmo de males contrajo una neumonía que lo tuvo en cama como año y medio con oxígeno y, como no tenía seguro social, dependía de los favores de médicos conocidos.

Un doctor que es amigo de su familia le recetaba medicamentos, pero era difícil conseguir recursos para su recuperación: “Sentía la discriminación en muchos aspectos porque nadie me daba trabajo y no podía ayudar en la casa”.

“La gente no entiende que cuando uno pasa el límite una dieta ya no es suficiente, con una obesidad muy grande solo puedes bajar máximo el 30% de tu peso, a lo mucho y eso no cualquiera lo hace”, comenta con desaliento, “si pesas, 300 kilos solo vas a bajar 60 kilos y, aun así, vas a estar muy gordo. Eso es lo difícil”.

Límites peligrosos

Juan no paró de engordar hasta que literalmente cayó en coma: su cuerpo se expandía sin control y no reaccionaba a los tratamientos. Tenía 27 años y estaba confinado a una cama donde no paraba de hincharse porque retenía mucho líquido, hasta que llegó un momento en que la piel comenzó a reventársele con ampollas que botaban agua por todos lados. Estaba rozando las 1,300 libras (600 kilos) en ese momento.

“Yo agarraba las sábanas matrimoniales y las doblaba para ponérselas donde tenía los agujeros y quedaban empapabas de agua limpia que no apestaba, no tenía grasa, pero le chorreaba por todos lados”, explicaba su madre, “un doctor que lo estuvo atendiendo en el coma le inyectó y le mandó a tomar muchos diuréticos para sacar rápido el agua y funcionó porque se le cerraron las ámpulas”.

Por ese entonces se necesitaban entre cinco y siete personas para poder moverlo, y pusieron una estructura metálica cerca de su cama para que él también ayudara un poco. La piel le caía en pliegues y sus pulmones estaban aplastados por el peso, el corazón se le había subido hasta cerca del hombro debido al sobrepeso.

“Llegué a sentir que hasta con respirar engordaba”, se lamenta.

En 2016, conoció a José Antonio Castañeda Cruz, cirujano bariatra que se interesó por su caso. Salas sufría de diabetes, hipertensión, problemas respiratorios y varias condiciones con un pronóstico reservado.

“Era impresionante, pero no tuvimos miedo. Al contrario, quisimos ayudarlo a vivir y, luego de las operaciones, perdió más del 50% del exceso de peso”, explica Castañeda desde su consultorio en Guadalajara, “pero lo interesante es que está controlado de su diabetes, hipertensión y todas las enfermedades, es una persona sana y prueba de ello es que se infectó de COVID y no le ha afectado”.

Castañeda también se contagió de COVID-19, y eso lo alejó de su práctica durante más de un mes. Para él, la relación entre el sobrepeso y las manifestaciones más graves de la pandemia es clara. Ahora suele atender a pacientes obesos que llegan a su consultorio diciendo “no quiero ser el próximo, no me quiero morir”. En los 15 años que tiene dedicado a este tipo de cirugías nunca había visto tanto interés y preocupación.

“La mayoría de los pacientes que estaban en terapia intensiva, al menos en México, tenían sobrepeso, obesidad y alguna enfermedad comórbida sobre todo diabetes e hipertensión. Esto es un llamado de atención claro porque se tiene que cambiar la forma en que nos alimentamos y hacer ejercicio”, asevera.

Antes de la pandemia, la vida de Juan tenía un derrotero claro: operarse para remover el exceso de piel, calculado en unas 150 libras (70 kilos), lo que lo ubicaría en un peso unas 275 libras (125 kilos). Un paso más cerca de la normalidad que tanto ansía.

Pero tendrá que esperar porque, además de quitarle a sus padres y acabar con el pequeño negocio de venta de frutas y verdura que tenía, el COVID-19 también ha dificultado las intervenciones quirúrgicas en todo el país debido a la emergencia médica.

“En México tenemos que entender que la obesidad es un problema muy grave, y nos puede matar. Ahorita muchos tienen miedo por la pandemia, pero después se les olvida. No. Hay que dejar de comer mal, hacer ejercicio y cambiar nuestras vidas. Eso es lo que mamá quería que yo lograra, y voy a seguir luchando por eso”, concluye Salas mientras sigue esperando por su futuro.