Solo un segundo
Honrar a quienes ya no están también implica aprender a vivir mejor
La solidaridad nos devuelve la fe cuando todo parece tambalear. Crédito: Getty Images
Hay noticias que no se leen: se sienten. El reciente accidente ferroviario ocurrido en Adamuz, en la provincia de Córdoba (España), es una de ellas. Un viaje cotidiano, personas que iban a reencontrarse con los suyos, planes sencillos que no parecían extraordinarios… y, de pronto, el golpe seco de una realidad que nadie espera. La vida interrumpida. El tiempo detenido. El silencio posterior que duele más que cualquier ruido.
Estos hechos nos colocan frente a una verdad incómoda que solemos esquivar: la vida es profundamente frágil. No frágil en su valor —porque cada vida es sagrada—, sino en su forma. Basta un segundo para que todo cambie. Basta una circunstancia imprevista para que lo que dábamos por seguro se vuelva incierto.
Hablar de tragedia exige respeto. No es momento de juicios apresurados ni de convertir el dolor en espectáculo.
Detrás de cada cifra hay nombres, historias, familias rotas por la ausencia repentina. Hay personas que hoy lloran a quienes salieron de casa sin imaginar que no volverían. A ellos, lo primero: silencio, compasión y acompañamiento.
Pero también es legítimo permitir que estos hechos nos transformen por dentro. Que nos inviten a vivir con más conciencia, con menos prisa, con mayor ternura. La fragilidad de la vida no es un castigo; es un recordatorio. Nos recuerda que amar no puede postergarse. Que perdonar no debería esperar. Que decir “te quiero” nunca sobra.
En medio del dolor, emerge también la humanidad. Los equipos de emergencia que actúan sin medir el cansancio. Las manos que ayudan sin preguntar a quién. La solidaridad espontánea que nos devuelve la fe cuando parece tambalear. Ahí, en ese gesto silencioso, la vida vuelve a afirmarse.
Hoy, las víctimas y familiares necesitan presencia. Más que explicaciones, humanidad. Acompañar el duelo con respeto y sostener la esperanza sin negar el dolor. Porque honrar a quienes ya no están también implica aprender a vivir mejor: con más cuidado, con más amor, con más gratitud por cada día que todavía nos es concedido.
La vida no es invencible. Por eso mismo, es sagrada.
Dios es amor, hágase el milagro.
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