Columna de Daniela Sichel: Lo que no cabe en la maleta

Al cruzar la frontera también atravesamos una línea íntima y personal que divide nuestra propia historia

Pertenecer a dos mundos cansa cuando sentimos que hay que escoger uno, pero alivia cuando se descubre que podemos habitar ambos.

Pertenecer a dos mundos cansa cuando sentimos que hay que escoger uno, pero alivia cuando se descubre que podemos habitar ambos. Crédito: Shutterstock

Cuando migramos, hacemos maletas con ropa, papeles y fotos, quizás también agreguemos un paquete de café o una bolsa de harina para las arepas del primer mes, pero lo más importante viaja con nosotros sin que lo empaquemos. 

Viaja la manera de saludar con un beso, la costumbre de ofrecer un cafecito apenas alguien cruza la puerta, el almuerzo del domingo y su sobremesa interminable, los cumpleaños con los primos, los tíos, los vecinos y el pastel que se parte cuando los niños ya están dormidos, la espera hasta la medianoche en Nochebuena y la abuela que colabora en la crianza de los niños sin dejar de ser madre.

Todo esto también es un idioma, uno propio: el de los vínculos. Es el que nos recuerda quiénes somos y a dónde pertenecemos.

Ni bien arribamos a este país la gramática vincular es completamente diferente, las relaciones y la vida social tienen horarios previamente agendados, no hay lugar para la visita espontánea y hasta se pacta el tiempo de duración de una fiesta infantil. Los hijos tienen una fecha estipulada para dejar la casa paterna y el espacio familiar se vive de otra manera, con puertas más cerradas y mayor independencia. Son costumbres con su propia lógica, tan válidas como las nuestras, y adaptarse a ellas exige flexibilidad y aprendizaje.

Al cruzar la frontera también atravesamos una línea íntima y personal que divide nuestra propia historia: adelante está el desafío de integrarnos conservando la raíz y la esencia, y atrás la construcción de quienes somos.

Esta dualidad se intensifica con la llegada de los hijos y muchas familias lo comienzan a transitar desde antes de la primera palabra del bebé. ¿Le hablamos en español o en inglés? La abuela teme que su nieto no la entienda, el papá recuerda lo que sufrió con su acento, alguien dice que dos idiomas lo van a confundir (la ciencia ya demostró que no es así) y otro responde que, si no aprende español, nunca sabrá de dónde viene.

Debajo de esa discusión aparece el miedo a que el hijo no encuentre su lugar y su pertenencia, el temor a ser una familia partida en dos generaciones que ya no se pueden comunicar. La madre que pasa semanas sin conversar con nadie fuera de casa porque nada se parece a lo que conoce, el abuelo que se queda callado en la mesa porque sus nietos hablan en otro idioma, el adolescente que se siente menos latino con sus primos y menos norteamericano con sus amigos… 

Hay emociones que se viven en silencio, especialmente en nuestra cultura, donde admitir dudas puede hacernos sentir culpa o vergüenza. Y lo que no se habla puede terminar convirtiéndose en ansiedad, en discusiones que se repiten, en confusión o en aislamiento.

Pertenecer a dos mundos cansa cuando sentimos que hay que escoger uno, pero alivia cuando se descubre que podemos habitar ambos.

Conservar nuestra herencia depende de vivirla. Se transmite en la cocina, en las historias de los abuelos, en la música del sábado, en las fiestas, en las palabras que elegimos y en esos pequeños rituales que hacen que un niño sienta que también esa es su casa.

Nuestra herencia es lo que recibimos y también lo que decidimos compartir, transformar y dejar en nuestros hijos.

Daniela Sichel, psicóloga y fundadora de Opción Yo

Contenido Patrocinado