La evolución de Manhattan: mapas que revelan su pasado y futuro en la Biblioteca de Nueva York

Mapas históricos de la NYPL revelan cómo Manhattan cambió su costa, sus calles y su paisaje desde Nueva Ámsterdam hasta el presente

Manhattan

A partir de la primera quincena de junio, podrás disfrutar de estos mapas que enseñarán mucho de historia de lo que hoy es Manhattan. Crédito: Mark Lennihan | AP

Manhattan no solo creció hacia arriba con rascacielos que cambiaron el perfil de Nueva York. También creció hacia los lados. La isla que hoy millones de personas recorren en metro o a pie fue, durante siglos, un territorio mucho más angosto, con costas distintas y arroyos que desaparecieron bajo calles, muelles y rellenos.

Esa transformación puede verse con claridad en una de las colecciones cartográficas más importantes del país: los mapas históricos de la Biblioteca Pública de Nueva York. La institución conserva más de 400,000 mapas, incluidos algunos de los documentos más antiguos sobre la ciudad, piezas que permiten observar cómo Manhattan pasó de ser parte de la Nueva Ámsterdam neerlandesa a convertirse en el centro urbano que hoy define buena parte de la identidad de Estados Unidos.

Ian Fowler, curador de mapas, historia e información gubernamental de la NYPL, explicó a Eyewitness News que la biblioteca ocupa un lugar privilegiado cuando se trata de cartografía neoyorquina. “Para mapas de la ciudad de Nueva York, somos insuperables”, afirmó. Según el especialista, estos documentos no solo muestran cómo era la ciudad, sino que ayudan a entender hacia dónde podría dirigirse.

Un archivo que revela la ciudad antes de la ciudad

Entre los tesoros de la colección aparece el Castello Plan, considerado uno de los mapas más antiguos de Nueva Ámsterdam, elaborado en el siglo XVII, cuando el territorio estaba bajo control neerlandés. También hay mapas británicos de la década de 1760, esenciales para comprender los años previos a la Revolución Americana y los cambios políticos impresos en la nomenclatura urbana.

Uno de los detalles más llamativos es la rapidez con la que algunas calles dejaron atrás nombres asociados a la corona británica para adoptar denominaciones estadounidenses. La antigua “King Street”, por ejemplo, se convirtió en “Pine Street”. Ese cambio, aparentemente pequeño, revela cómo la ciudad fue reescribiendo su identidad sobre el mismo trazado urbano.

Los mapas también permiten imaginar un Manhattan muy diferente al actual: una isla con elevaciones naturales, corrientes de agua y bordes costeros irregulares. Antes de la expansión inmobiliaria, del distrito financiero, de los túneles, puentes y avenidas congestionadas, el terreno tenía una geografía más visible y menos domesticada por la ingeniería.

Para Fowler, la pregunta central que abren estos documentos es doble: qué había antes y qué puede enseñar ese pasado sobre el futuro de Nueva York. En una ciudad marcada por el cambio climático, el aumento del nivel del mar y la presión constante por construir, mirar esos mapas antiguos no es solo un ejercicio de nostalgia; también puede ser una herramienta para planificadores, científicos y desarrolladores.

¿Cómo Manhattan ganó terreno al agua?

La colección muestra con especial fuerza un dato que muchos neoyorquinos desconocen: Manhattan era mucho más delgada antes de que sus costas fueran modificadas. Con el paso de los años, partes de la isla se expandieron mediante rellenos colocados sobre el East River, el Hudson River y el extremo sur de Manhattan.

Fowler explicó que, especialmente después de la Independencia, la ciudad utilizó escombros, restos de construcción y conchas de ostras para ganar terreno sobre el agua. Ese proceso ayudó a crear nuevas áreas para muelles, comercio, calles y edificios, y transformó la relación de Manhattan con sus ríos.

La historia resulta especialmente relevante hoy, cuando zonas costeras de Nueva York enfrentan riesgos crecientes por tormentas, inundaciones y erosión. Los mapas antiguos ayudan a identificar qué partes del terreno fueron naturales y cuáles fueron construidas con relleno, información útil para evaluar vulnerabilidades y planificar obras de resiliencia.

Pero la lectura de estos documentos no se limita a la ingeniería. También revela cómo las potencias coloniales representaron, o borraron, a los pueblos originarios. Fowler señaló que los mapas franceses tendían a mostrar con mayor presencia a las comunidades nativas, aunque siempre desde una mirada colonial. Los británicos, en cambio, fueron más agresivos en su forma de mapear y eliminaron más referencias a pueblos y lugares indígenas.

Esa ausencia es tan importante como las líneas, calles y costas que sí aparecen. En una ciudad que suele contar su historia desde la llegada europea, los mapas permiten ver también qué memorias fueron desplazadas del papel y, con el tiempo, del relato público.

Parte de este archivo podrá verse a partir del 15 de junio en la exposición “Declaring America: 1776 and Beyond”, una muestra de 3 partes que abrirá en el edificio Stephen A. Schwarzman de la Biblioteca Pública de Nueva York, en la calle 42.

La exhibición llega en un momento en que la ciudad vuelve a preguntarse cómo conservar su historia mientras se prepara para un futuro incierto. Fowler imagina que, dentro de 250 años, Nueva York será tan distinta que los mapas actuales parecerán tan antiguos como hoy parecen los del siglo XVII. Esa posibilidad convierte a cada plano en algo más que un documento: es una advertencia, una memoria y una pista sobre la próxima transformación de Manhattan.

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