La fábrica dominicana del beisbol
Una investigación de ProPublica expone cómo la MLB, entrenadores y prestamistas se benefician de un sistema sin regulación
La Academia de Béisbol Rafael Báez entrena en los campos de béisbol de la Marina Dominicana, en Santo Domingo, República Dominicana. Crédito: Chris Alcantara/ProPublica | Cortesía
Este reportaje fue publicado originalmente por ProPublica.
Capítulo 1
Una noche a finales del 2021, en un complejo de béisbol impecable en el centro de Santo Domingo, un jardinero de 14 años, vestido con ropa deportiva y con cara de bebé llamado Belfi Rivera estaba acurrucado frente a la pantalla de una computadora. Al lado suyo estaba John Carmona, quien había sido el entrenador, y en la práctica también el cuidador, de Belfi desde que tenía 11 años de edad. En una oficina cercana, los padres de Belfi miraban fija y ansiosamente en una computadora aparte. En la pantalla, llamando a la República Dominicana, estaban representantes de los Diamondbacks de Arizona, quienes estaban presentes para una conversación que prometía darle un giro para siempre a la fortuna de Belfi y sus padres.
Pronto se iban a enterar que el equipo había aceptado pagarle a Belfi $1.8 millones de dólares después de cumplir 16 años. Era un trato que Carmona había negociado sin consultar con Belfi o sus padres. También fue un trato apalabrado que se saltaba las reglas de las Grandes Ligas que les prohíben a los equipos el firmar jugadores menores de 16 años. Cada año, los 30 equipos de las ligas mayores llegan a preacuerdos, o acuerdos tempranos, con cientos de prospectos dominicanos; una práctica que no hacen ni el mínimo intento de esconder. (Los Diamondbacks no respondieron a nuestra solicitud de comentario).
Los hombres del béisbol dijeron que Belfi era ahora parte de “la familia”. Le preguntaron quién era su jugador favorito y cómo aprendió a hacer ese swing tan rápido y que si comprendía la importancia de la disciplina. A Belfi, la conversación lo abrumó por completo, quien, en las pocas ocasiones que habló, lo hizo con una voz temblorosa y nerviosa. Había pasado su niñez en una choza en las afueras de la capital. Las comidas con frecuencia consistían de harina de maíz con dulce o un pedazo de pan. Pero “Dios le dio su talento”, como lo explicó un entrenador inicial, y tenía las habilidades que aman los escuchas: velocidad, brazo, guante, bateo de contacto. La cantidad del bono, una vez que se hiciera oficial, lo establecería como uno de los prospectos mejor pagados fuera de Estados Unidos.
Si él cumplía su promesa, podría unirse a una lista que siempre se está expandiendo de leyendas Dominicanas: la estrella de los Gigantes de San Francisco Juan Marichal, el lanzador con más juegos ganados de la década de 1960; Tony Fernandez y George Bell, compañeros de equipo de los Azulejos de Toronto quienes eran del mismo pueblo con fiebre beisbolera de San Pedro de Macorís; Pedro Martinez, Manny Ramirez, y David Ortiz, el lanzador y los bateadores de poder que a principios de los años 2000 convirtieron a la nación caribeña en un bastión inesperado de los fanáticos de los Medias Rojas de Boston; y de superestrellas modernas que se pavonean y lanzan sus bates al aire como el jugador de Toronto, Vladimir Guerrero Jr., el lanzador de los Mets de Nueva York, Juan Soto, y el pelotero de los Padres de San Diego, Fernando Tatis Jr., todos firmados con contratos que en total llegan a más de $1.6 mil millones de dólares, quienes han ayudado a revitalizar la popularidad del béisbol.
Durante las últimas cuatro décadas, ningún otro país fuera de los Estados Unidos ha enviado más jugadores a las grandes ligas que la República Dominicana. Con una población de menos de $12 millones, es aproximadamente del tamaño de Ohio, un estado que el año pasado contaba con dos docenas de jugadores de grandes ligas. La República Dominicana contó con 144, aproximadamente 10% de la liga. El país es una fábrica del béisbol. Jugadores talentosos son enviados a practicar a tiempo completo a una de las cientos de academias desde la tierna edad de los 10 años.
La mayoría de las firmas anuales de jugadores internacionales de las grandes ligas vienen de la República Dominicana
La liga ha firmado más de 12,700 novatos internacionales del 2012 al 2026; la mitad de ellos nació en la República Dominicana.

Esa era la edad que tenía Belfi cuando se fue llorando a vivir en la casa de un extraño que entrenaba niños en un campo de béisbol sin desyerbar en la capital. Luego, los mejores jugadores son vendidos a entrenadores más prominentes hasta que terminan llegando a una academia élite manejada por hombres como Carmona, quienes tienen relaciones cercanas con equipos de grandes ligas y reciben un porcentaje grande del bono de firma de un jugador.
Cuando era un niño más pequeño, Belfi nunca se interesó por el béisbol. Comenzó a jugar a los 7 años, me dijo, porque un entrenador local se lo llevaba a rastras de su casa y le daba con cocotazo si intentaba escaparse a un río cercano para estar con sus amigos. Pero aún a su corta edad, él entendía que el deporte muy probablemente representaba la única oportunidad de su familia de salir de la pobreza extrema. Durante esa videollamada en el 2021, parecía que lo había asegurado.
Pero en dos años y medio, los 1.8 millones de dólares que le prometieron a Belfi se habían prácticamente esfumado. Carmona recibió 630,000 dólares, lo que representó su comisión del 35%. Pero más de $950,000 dólares fueron a manos de alguien que no tuvo ninguna participación en enseñarle a Belfi a jugar béisbol. Su nombre es Santo Caraballo, uno de los prestamistas más conocidos que se lucran del béisbol dominicano. Su socio en el negocio es un héroe local y, 10 años después de su retiro, todavía sigue siendo una figura imponente dentro del béisbol de grandes ligas: David Ortiz, conocido universalmente como “Big Papi”. En una breve conversación con Caraballo, me dijo que su negocio no era el más grande ni “tan lucrativo”. En múltiples ocasiones intenté comunicarme con Caraballo nuevamente, incluso enviándole un resumen de mis hallazgos. Él nunca respondió.
Gracias a los preacuerdos, los prestamistas como Caraballo ahora tienen un poder singular dentro del béisbol dominicano, amasando millones de dólares al persuadir a padres con bajo nivel educativo a firmar porciones de los bonos futuros de sus hijos a cambio de préstamos con tasas de interés exorbitantes. Las Grandes Ligas conocen desde hace años los preacuerdos y la industria depredadora que ha crecido en torno a estos. Aunque la organización tiene presencia económica y política formidable en la República Dominicana, ha hecho muy poco al respecto. Nunca ha amonestado o penalizado públicamente a un equipo por hacer un preacuerdo, y sus intentos por educar a las familias con relación a los prestamistas no han sido efectivos. (Un vocero de las Grandes Ligas se negó a comentar y se refirió a declaraciones pasadas por parte de oficiales de la liga haciendo un llamado a una reforma integral del sistema dominicano).
No es solo las Grandes Ligas que han permitido que continúe este sistema corrosivo. Cuando la liga propuso cambios que habrían eliminado los preacuerdos y harían que fuera más difícil que los prestamistas se aprovecharan de las familias del béisbol, David Ortiz usó su influencia dentro del poderoso sindicato de peloteros para ayudar a bloquear la reforma. En ese momento, no se sabía fuera del béisbol dominicano que él tenía intereses financieros en preservar el sistema como está. (En una declaración enviada a través de su abogado, Ortiz dijo que su oposición a la propuesta de la liga “nunca estuvo motivada por intereses personales”).

Capítulo 2
Desde hace mucho tiempo me han dicho que la súper exitosa industria de béisbol de la República Dominicana estaba plagada de abuso y explotación; que por décadas las Grandes Ligas han presidido sobre un sistema enorme y desregularizado que trata a decenas de miles de niños dominicanos como materia prima. Pero cuando comencé a hacer llamadas el año pasado, yo esperaba que quienes estaban más involucrados la defendieran. En vez de eso, los entrenadores, los hombres que son la pieza integral de la industria como instructores, que son padres sustitutos y agentes, prácticamente todos me dijeron que se sentían forzados a participar en un sistema roto y costoso.
También hablé con ejecutivos de equipos, agentes, escuchas y padres. Entre las exorbitantes comisiones que van a los entrenadores, la presión de evaluar a niños peloteros antes de la pubertad sobre cuánta habilidad y destreza tendrán en cuatro o cinco años, y toda la educación perdida mientras esos jugadores son sacados de las escuelas, nadie diseñaría un sistema así a propósito, dijeron.
“Este es un sistema que está permitiendo corrupción a todos los niveles”, dijo un entrenador de muchos años, Eddy Fontana.
Las Grandes Ligas tampoco niegan esto, declarando recientemente que “ya hace tiempo que se necesita una reforma” del béisbol dominicano. El sindicato de jugadores también reconoce que la industria tiene problemas, pero dicen que, “es un problema de las personas, no un problema del sistema”.
Lo que me pareció más sorprendente fue la opinión común de que, a pesar del reconocimiento generalizado de que el béisbol dominicano necesita una reforma, la industria se ha vuelto aún más explotadora. Arturo J. Marcano, quien ha pasado la mayor parte de su carrera como abogado deportivo, publicó un libro en el 2002 comparando la cantera del béisbol dominicano a la trata de personas. Él no dudó cuando le pregunté cómo se compara la industria el día de hoy: “Cien veces peor”, afirmó.
Decidí averiguar por qué la liga y los jugadores han hecho tan poco para arreglar estos problemas. Recorrí la República Dominicana de un extremo a otro y conocí gente en bancas destartaladas y en estadios relucientes, bajo una mata de palma en una playa rocosa cubierta de botellas de cerveza rotas y en un café en una plaza turística en donde un artista callejero cubierto de pintura dorada posaba como un bateador encima de un trofeo. Revisé cientos de páginas de archivos de los tribunales, contratos, estados bancarios y mensajes de WhatsApp que no habían sido reportados, entre otros documentos.
Dondequiera que uno vaya en República Dominicana, hay recordatorios del pelotero que logró el sueño dominicano de jugar béisbol en Estados Unidos. Casi cada paraje tiene un play, un campo de pelota, pintado con cariño y lleno con niños de todas las edades, incluso durante un aguacero fuerte. Hombres atentos trabajan para afinar el swing de los adolescentes pegándole a pelotas hacia jardineros juguetones de la escuela primaria que todavía no se consideran listos para batear ellos mismos.
Los letreros de las calles anuncian no solo el nombre del pueblo al que estás entrando, sino también sus hijos nativos que llegaron a la plantilla de peloteros de grandes ligas. Los miembros del Salón de la Fama se exhiben en murales grandiosos en toda la capital. Los 30 equipos de las grandes ligas tienen academias de entrenamiento, y surgen de los pueblos como castillos.

Cada equipo participa en la liga de verano dominicana, en donde 1,500 prospectos de Latinoamérica compiten para lograr ser promovidos a los niveles más bajos de las ligas menores en los Estados Unidos. Cientos de jugadores profesionales más, incluyendo estrellas establecidas, atraen multitudes que llenan estadios fuera de la temporada en lo que se conoce como la liga de invierno. Steven Puig, el presidente del BHD, el banco dominicano que es socio corporativo de las Grandes Ligas, me dijo que el deporte genera unos $400 millones de dólares al año en el país.
Los ejecutivos del béisbol estadounidense comenzaron a reclutar, firmar y desarrollar a adolescentes dominicanos de manera seria en la década de 1980. Un pequeño grupo de equipos, reconociendo que el país era una fuente barata de talento, construyeron academias de béisbol básicas en lo que antiguamente eran plantaciones de azúcar. Dependían de buscones para traerles los mejores jugadores. Pero los buscones pronto se dieron cuenta que podían ganar más dinero abriendo sus propias academias. En la actualidad existen, según una asociación nacional de comercio, más de 6,000 entrenadores, que van desde el mecánico de carros fuera de servicio hasta el millonario exjugador de las Grandes Ligas. A cambio de proporcionar alojamiento, comida, equipos, entrenamiento y, aseguran ellos, también educación, estos hombres típicamente reciben entre 35% y 50% del bono que recibe un pelotero al firmar, el cual negocian ellos mismos.
En su búsqueda por la próxima estrella dominicana, los equipos de ligas mayores persiguen lo que un gerente general llamó la “mentalidad del exceso”. Cada año, los equipos firman aproximadamente 450 prospectos dominicanos, pero la mayoría de los bonos son de aproximadamente $30,000. Menos de dos tercios llegarán a los equipos más bajos de las ligas menores, y menos del 10% jugará un día en las mayores, según los datos de MLB. (Los equipos tratan a los prospectos venezolanos, muchos de los cuales entrenan en la República Dominicana, casi de la misma manera, firmándolos en lote). Es un sistema darwiniano pagado por jugadores como Belfi: los cientos de miles de dólares que sus entrenadores tomaron de su propio bono subsidiaron docenas de prospectos quienes sacrificaron su niñez solo para al final no dar la talla.

La mayor parte del gasto internacional de la MLB se destina a firmar jugadores de la República Dominicana
La cantidad ha crecido de manera constante desde 2012.
En los Estados Unidos, ningún deporte profesional funciona de esta manera, incluido el béisbol. Cada año, los equipos de grandes ligas seleccionan jugadores de EE. UU. y Canadá en un sorteo. Los bonos de firmar a los jugadores son mayormente dictados según el orden en el que los jugadores son elegidos. El año pasado, el número uno del sorteo valió $11.1 millones de dólares, mientras que los últimos cupos tenían un valor de $187,000 dólares. Los agentes deportivos típicamente reciben una comisión del 5%.
En la República Dominicana, es un caos total. Los equipos compiten por el talento y se superan unos a otros en las ofertas por los mejores prospectos. Las Grandes Ligas pone un límite sobre cuánto un equipo puede gastar en jugadores nuevos cada año. Pero, la otra medida de protección que estableció la liga —que los jugadores solo pueden ser contratados si cumplen los 17 años antes del próximo septiembre— se evita con frecuencia.
“Todo el mundo hace preacuerdos”, me dijo un escucha de grandes ligas. “Tienes que hacerlo. Si no lo haces, el sistema te come vivo”.
Durante la última temporada baja, los entrenadores alardeaban en redes sociales sobre los preacuerdos que negociaron con los equipos de grandes ligas para sus jugadores. Se habló del niño de 11 años que estaba bajo acuerdo con los Phillies de Philadelphia por $1.8 millones, del niño de 12 años que se decía tenía un trato por 2.8 millones con los Rojos de Cincinnati y el de 13 años que aseguraban que tenía un acuerdo con los Cerveceros de Milwaukee por $2 millones. (Los Phillies, los Rojos ni los Cerveceros no respondieron a nuestras solicitudes de comentario).
En el 2022, los padres de un prospecto de 14 años, Willy Fañas, demandaron a Los Angels de Los Ángeles por incumplir un acuerdo previo por $1.8 millones de dólares. Un escucha de Los Ángeles testificó que el gerente general del equipo había autorizado el acuerdo. El caso fue desestimado; los padres de Fañas han apelado la decisión.
No existen datos sobre cuántos peloteros dominicanos han recibido ofertas de preacuerdos porque estos son tratos apalabrados: son concebidos de esta manera para que no haya registros. Pero Sandy Alderson, quien ha sido un ejecutivo principal para varios equipos, y en el 2010 sirvió como el emisario de las Grandes Ligas en la República Dominicana, me dijo que la gran mayoría de los jugadores que son firmados recibieron ofertas antes de cumplir los 16.

A la ausencia de cualquier medida de cumplimiento, las Grandes Ligas han creado las condiciones de mercado perfectas para los prestamistas como Caraballo, quien se ha convertido en una figura omnipresente en el béisbol dominicano en los últimos seis años. Los préstamos que él ofrece vienen con tasas de interés que serían ilegales en los Estados Unidos y en muchos otros países.
La República Dominicana revocó sus leyes contra la usura hace 24 años. Los prestamistas de altos intereses están ahora tan arraigados en el béisbol dominicano como los entrenadores, y se promocionan en línea. Un cintillo promocional que circula en WhatsApp ofrecía “préstamo para jugadores de béisbol que tenga acuerdos”.
Yaniris Paula, una abogada que ha representado a peloteros adolescentes en disputas con entrenadores y prestamistas, estimó que el 80% de todos los bonos de grandes ligas que se pagan a los prospectos dominicanos tienen un préstamo adjunto.
Desde el 2012 hasta comienzos de 2026, los equipos de grandes ligas le pagaron $1.042 mil millones de dólares en bonos a prospectos dominicanos, conforme a una revisión realizada por ProPublica de los datos de las firmas. Pero mucho de ese dinero, sino la mayor parte — hasta $500 millones — es casi inmediatamente desviado por entrenadores y prestamistas, según expertos que conocen bien la industria.
“Las Grandes Ligas saben lo sucio que es este negocio aquí”, me dijo Piñao Ortiz, quien fue el comisionado de béisbol dominicano desde 1996 hasta el 2000. “Pero no van a hacer nada para detenerlo”.
Capítulo 3
La noche en la que los padres de Belfi, Eduardo Rivera y Rita Muñoz, se enteraron de la promesa de los Diamondbacks, tuvieron que dormir en una academia de béisbol cercana. El vehículo en el que volvían a casa no tenía luces frontales. Cuando regresaron a Pedro Brand, un pueblo en las afueras de la capital, su pequeña casa se veía diferente para ellos. Eduardo la había construido con tablas y hojalata. Unas cubetas atajaban la lluvia que se metía en los agujeros del techo. Había camas mohosas esparcidas por el piso de concreto. Un muro para trepar, rescatado de un parque infantil, servía como separador de las habitaciones. Enfrentarse a la misma pobreza mientras les esperaba una ganancia inimaginablemente grande en poco más de dos años era un nuevo tipo de desafío mental.

Eduardo trabajaba como ayudante de granja durante el día y como sereno para una escuela por la noche: empleos que eran cada vez más difíciles debido a que tenía un problema en su pie y no tenía dinero para irse a chequear. Ganaba la pequeña suma de $150 dólares al mes. Rita mayormente se quedaba en casa, cuidando a sus 11 hijos. Pero ahora eran — casi — millonarios y ya sentían la presión de pagarle a aquellas personas que les ayudaron. Una de esas personas era el primer entrenador de Belfi, quien solo se había ganado unos pocos cientos de dólares al cambiar a Belfi a otro entrenador. Ahora él quería que le dieran “algo a él como agradecimiento” e hizo los arreglos para que hablaran con un hombre quien les dijo que su jefe, Santo Caraballo, los podía ayudar como un puente entre su vida anterior y la futura.
Lo que los padres de Belfi no sabían es que Caraballo tenía una red de informantes, muchos de ellos entrenadores, quienes le avisan cuando un jugador llegó a un preacuerdo con un equipo de grandes ligas y por cuánto. Cuando a Caraballo le daban un nombre, él enviaba a uno de sus buscones para hablar con los padres.
Eduardo y Rita fueron a la pequeña oficina de Caraballo en una plaza en Santo Domingo. La figura que los recibió tenía un cabello perfecto y dientes blancos, y estaba vestido como deportista, con un pantalón de entrenamiento y una camiseta, me dijeron. Diplomas y certificados cubrían una pared. Era familiar y encantador, habló de que fue cónsul para el gobierno dominicano, y mencionaba repetidamente que era “la mano derecha” de David Ortiz, dijeron ellos. Eso hizo que ellos confiaran más en él.
Eduardo y Rita me dijeron que querían vender solo el 5% del bono futuro de Belfi, aproximadamente unos $90,000 dólares, para tener como adelanto, suficiente para pagar algunas deudas, darle al primer entrenador Belfi algo de efectivo y tapar los agujeros para que dejara de entrar el agua a su casa. Pero Caraballo, dijeron, les aconsejó que ellos necesitarían más y que ellos le deberían vender el 10%.
Los padres salieron de la oficina con una funda de papel llena de pesos, con los pulgares limpios después de quitarse la tinta que habían usado para estampar un contrato. No habían recibido una copia, pero si lo hubieran hecho, ellos no habrían podido comprenderlo. Eduardo es analfabeto. Rita tiene dificultades para leer. Ellos dijeron que recibieron un millón seiscientos mil pesos, aproximadamente $25,000 dólares.
Miguel Hidalgo, un antiguo empleado de Caraballo, quien tuvo un distanciamiento con él por asuntos de dinero, me dijo que el prestamista trata de no darle a sus clientes una copia del contrato. “Esa es la forma de estafar a las familias”, dijo. Si no tienen una copia, se hace más difícil que ellos entiendan cuánto deben, explicó.
Rita y Eduardo compartieron lo que recordaban de los términos del préstamo con uno de sus hijos, quien llamó a Jhonatan Jiménez, un antiguo entrenador de Belfi. Jiménez hizo los cálculos. A cambio de los $25,000 dólares, Eduardo y Rita aceptaron darle al prestamista $180,000 dólares cuando Belfi recibiera su bono.
“¿Tú estás loco?” preguntó.
Ese fue el primer trato que hicieron los padres de Belfi con Santo Caraballo.
Poco después, el prestamista envió a unos hombres a la casa de ellos, y su pronóstico fue que no podría ser reparada. Ellos necesitaban una nueva casa adecuada para la familia de un pelotero. Había una propiedad disponible al lado. En el segundo piso había un espacio para un apartamento de tres habitaciones, en el cual los Riveras tenían que hacer arreglos y comprar muebles. En el primer piso, había un espacio comercial, que fue atractivo para uno de los hermanos de Belfi, quien tuvo la visión de tener una barbería en donde los clientes pudieran tomar alcohol.

Caraballo aparecía en el nuevo apartamento, usualmente en un carro diferente: una Range Rover, un Porsche, un Lamborghini. Él era, según Eduardo, como un miembro de la familia. Él metía la cuchara en la olla con las habichuelas hirviendo. Bebía cervezas Presidente. Le daba consejos a Belfi sobre las niñas. Animaba a Rita y a Eduardo para que arreglaran mejor el lugar. Les decía, “Que aquí no todos podemos seguir viviendo, que ya nosotros somos ricos”, dicen ellos.
Caraballo les dijo que les prestaría $70,000 dólares adicionales con un interés del 7% mensual, una tarifa que él les aseguró era “mejor que banco”, Durante el 2023 y la primera mitad del 2024, muestran los registros de los bancos, Caraballo entregó el dinero a la familia en docenas de pagos entre $88 y $8,350 dólares. Según dijo Rita, Caraballo dijo que no les daba todo el dinero junto porque lo iban a malgastar.
Rita también me dijo que aproximadamente $7,000 dólares del préstamo lo recibieron en certificados canjeables en el supermercado del que Caraballo es dueño que está cerca de su oficina. Ella me dijo que lo usaban para comprar arroz, habichuelas, aceite, pañales y otros artículos de primera necesidad, pero que los certificados no les alcanzaban para mucho, porque los precios de Caraballo “eran carísimos”. Los únicos clientes que ella veía en el super eran las familias de los niños peloteros.
Capítulo 4
Los orígenes de la riqueza y el poder de Caraballo siguen siendo turbios, algo sorprendente para alguien con tentáculos en todo el deporte. Algunas personas dentro de la industria lo describieron como un negociante hábil, explorando un sistema corrupto creado por las Grandes Ligas. O como un oportunista que aprovechó una conexión afortunada con uno de los peloteros más queridos del país. O como un hombre con un alcance casi mágico a quien es mejor no buscarle el lado malo. Muchas personas exigieron saber si yo era un espía suyo.
“Yo ya tengo problemas, y tú me estás preguntando sobre un jefe”, dijo un antiguo lanzador de ligas menores a quien Caraballo representó durante un breve paso como agente.
Un entrenador de mucho tiempo escupió en el piso y lo llamó ladrón. Se negó a hablar más sobre Caraballo. “¿Y si me matan?” preguntó.

Un agente de grandes ligas que representa a jugadores dominicanos me dijo que cada año Caraballo tiene participación en los bonos de docenas de prospectos. Dos antiguos empleados corroboraron esa cifra, diciéndome que ayudaron a Caraballo a hacer acuerdos de préstamos con los padres de entre 60 y 70 jugadores al año. El agente dijo que cada día de firma, cuando los prospectos consuman sus preacuerdos, Caraballo se presenta para recordarles a las familias que pronto tendrán que pagar lo que le deben.
Hablé con los padres, entrenadores o abogados de seis prospectos cuyas familias obtuvieron préstamos con altos intereses de parte de Caraballo. El padre de Ricki Moneys me dijo que él tomó prestado $1.7 millones de pesos, aproximadamente $27,000 dólares, de Caraballo, después de que los Cerveceros le ofrecieran a su hijo un preacuerdo de $1.15 millones. Trece meses después, luego de que Moneys oficialmente firmó con el equipo a principios de este año, su padre dijo que Caraballo recolectó $4.5 millones de pesos: una tasa de interés anual efectiva de casi el 150%. El padre de otro prospecto de los Cerveceros, Kenny Fenelon, dijo que su hijo recibió un preacuerdo de $1.3 millones de dólares y que él lo usó como garantía para tomar prestado 50,000 dólares de Caraballo a una tasa de interés mensual del 5%. Cuando a su hijo le ofrecieron su bono al firmar menos de tres años después, en 2025, el padre me dijo que Caraballo afirmó que él le debía 400,000 dólares. Eventualmente llegaron a un acuerdo de un pago de intereses de $75,000 dólares, dijo él. (En nuestra breve conversación, Caraballo dijo que el riesgo de prestar dinero a las familias es que “tú no sabes si se va a dar o no se va a dar, porque si el pelotero no firma, no cobras”.)
Caraballo tiene un segundo negocio en el que les presta a los entrenadores con intereses similarmente altos. En muchos de esos acuerdos, la garantía es un porcentaje del dinero del bono que un jugador le debe al entrenador.
Él también ha incursionado en el negocio de entrenar. Los registros y entrevistas muestran que ha firmado niños jugadores de apenas 10 años a contratos en los que los padres acuerdan darle la mitad, o algunas veces más, de los potenciales bonos de sus hijos. Caraballo no hace el entrenamiento él mismo. “Él ni siquiera sabe como agarrar el bate, hermano”, me dijo Edgar Mercedes, un entrenador quien ha tomado préstamos de Caraballo. En vez de eso, él envía a los niños a entrenadores con los cuales ha realizado acuerdos financieros separados.
Un acta de nacimiento asegura que Caraballo nació en 1986 en la ciudad montañosa de Constanza, hijo de un agricultor y una ama de casa. Según un amigo de la infancia, él se fue a la capital cuando era adolescente con solo $150 pesos encima. En Santo Domingo, él ponía gasolina antes de abrir una serie de pequeños negocios. Fue cofundador de una compañía que sacaba jugo y pulpa de las frutas. Financiaba vehículos nuevos y usados. Él estableció un negocio de servicios legales, Caraballo Lora & Asociados, a pesar de que no era abogado.
Pero mayormente, según dicen en entrevistas quienes han trabajado para él, ha sido prestamista. Un cintillo promocional de Facebook para una de sus compañías consiste en una imagen de archivo en la que se ve a un hombre dando la vuelta al bolsillo vacío de un pantalón. Otra mano le ofrece una cartera llena, con el texto: “Podemos Ayudarte”.
En el 2016, él volvió a Constanza como candidato a la alcaldía. “Soy de la loma y lo llevo en mi sangre, seré su alcalde, por la gracia de Dios”, declaraba una canción promocional pagada por él. A pesar de que el presidente Danilo Medina hizo campaña por él, perdió la contienda de 4 personas. Él era un “joven muy inquieto”, buscando la gloria en su pueblo, me dijo Ambiorix Sánchez, quien ganó las elecciones.
Después de su derrota, Medina le ofreció a Caraballo un premio de consuelo. Lo nombró como embajador adjunto al ministerio de asuntos exteriores, un acuerdo común para un presidente entrante para recompensar a un candidato aliado que perdió. El cargo le otorgó un pasaporte diplomático, un salario de 600 dólares al mes y pocas responsabilidades. Caraballo dejó el cargo de embajador en el 2021, unos meses después de que terminara el mandato de Medina.
El inicio del ascenso de Caraballo en el béisbol dominicano se puede atribuir a su papel en las sombras para salvaguardar la carrera de Oneil Cruz, una estrella en ascenso en la organización de los Piratas de Pittsburgh. A finales de 2020, Cruz estrelló su Jeep Grand Cherokee por detrás de una moto, matando a tres personas. Los fiscales inicialmente dijeron que el pelotero había estado bebiendo, y enfrentó la posibilidad de pasar tres años en prisión. Según numerosas entrevistas y registros del tribunal, Caraballo fue contratado por los padres de Cruz y negoció pagos a las familias de las víctimas. A cambio, ellos retiraron cualquier acusación “penal, civil o judicial” en contra de Cruz. Los fiscales nunca presentaron evidencia de que él estuviera bebiendo, y un juez desestimó el caso. Cruz negó haber hecho nada malo. Escribí sobre el incidente en “La estrella emergente del béisbol, un accidente mortal y el negociante”.
Cruz se negó a dar una entrevista. Su abogado, Amauris Vásquez Disla, llamó el accidente “una profunda tragedia para todas las partes involucradas, especialmente las familias de las víctimas”. Luego continuó diciendo que el tribunal “emitió una orden de desestimación basada en los hallazgos del caso, una decisión legalmente vinculante que constituyó una resolución legítima de este asunto”.
Según los registros corporativos, para 2021 Caraballo ya había encontrado un socio que le daría un impulso inmediato a su credibilidad: David Ortiz. Al ayudar a los Medias Rojas de Boston a ganar tres campeonatos, el primero que terminó con la mala racha de 86 años, Ortiz aseguró su legado como uno de los peloteros más reverenciados en todo el béisbol. Se retiró en 2016 y se volvió un analista popular para Fox Sports. En la República Dominicana, él es un muchacho de abajo, alguien que salió de un barrio marginal de Santo Domingo y no tiene miedo de volver.
Cómo un prestamista poco conocido de Constanza se convirtió en socio de un pelotero famoso es un misterio para los conocidos de ambos con los que hablé. Ortiz ha dicho que conoció a Caraballo cuando éste administraba una gasolinera. Los dos eran lo suficientemente cercanos que cuando Ortiz anunció su divorcio en el 2021, lo hizo con una publicación suya posando con Caraballo y un pie de foto que decía, “Mi compadre, el show tiene que continuar”.
Ortiz sentó a Caraballo junto a su familia en su inducción al Salón de la Fama del Béisbol en 2022, y aparecían en videos juntos en el palacio presidencial.
El lado financiero de su relación está más encubierto. En el 2021, ambos figuraban en los registros corporativos de una empresa de Florida llamada Big Papi Sports Group. Lo que hacía esa compañía, si es que hacía algo, no está claro. Fue disuelta el año siguiente.
Este es, sin embargo, el registro más temprano que pude encontrar de una colaboración que Caraballo vociferaba con frecuencia. Los padres, entrenadores y abogados que han hecho trabajo con él, me dijeron que Caraballo afirmaba que Ortiz, cuya camiseta autografiada está colgada en su oficina, le daba apoyo financiero. “El mismo señor Caraballo lo dice, cada vez que [mi cliente] tuvo que negociar con él”, dijo un abogado llamado José Eduardo Martínez.
Eventualmente, Ortiz se enteró que yo estaba investigando. Él me llamó el año pasado para averiguar en qué estaba trabajando y pareció sorprenderle que le hiciera preguntas sobre Caraballo. Él reconoció que había invertido millones de dólares en el negocio de béisbol de Caraballo. Aunque no quiso decirme el nombre de la compañía, ellos publicaron fotos en las redes sociales de ellos dos con gorras que tenían el logo “CS”, de Caraballo Sports Enterprise. Caraballo ha fundado compañías con ese nombre tanto en la República Dominicana como en los Estados Unidos, aunque Ortiz no figura en esos documentos. Los registros dominicanos dicen que el objetivo de la compañía es “promover la educación y el deporte como mecanismo de desarrollo social de jóvenes de escasos recursos del país”.
Ortiz dijo que su negocio con Caraballo está limitado a prestar dinero a los entrenadores. Entre los que han hecho acuerdos con Ortiz y Caraballo está el jugador estrella del cuadro retirado, Carlos Guillén, quien entrena a jugadores en Venezuela y República Dominicana y dijo que él ha tomado prestadas altas sumas de dinero de ellos.
Ortiz me dijo que él no trabaja con los padres de los jugadores, porque es muy difícil que vuelvan a pagar. Sin embargo, los registros del tribunal muestran que, por lo menos en un caso, el nombre de Ortiz está en un contrato con los padres de un jugador. Según sus términos, Ortiz y Caraballo acordaron proveer a su hijo de 13 años el “apoyo económico, alimentación, estudios, vivienda, entrenamientos, vestimenta para práctica y juego, gimnasio, suministro de proteínas, vitaminas”, y buscar oportunidades para que lo vieran los escuchas cambio del 35% del potencial bono del niño. El niño nunca fue firmado, lo que llevó a la demanda, la cual fue eventualmente desestimada por motivos de procedimiento.
El contrato, similar a muchos otros que revisé entre Caraballo y los padres de niños prospectos del béisbol, le daba a él y a Ortiz un control extraordinario sobre la vida del niño. Contiene una cláusula que no le permite “salir ni abandonar” la academia en donde ellos lo asignaron sin su “permiso previo” y otorgándoles un poder notarial para que ellos pudieran recibir “todo tipo de información”, incluyendo el calendario de pago del bono, de las Grandes Ligas y de cualquier equipo que lo firme.
También dejaba explícito que el niño no podría salirse del trato. Incluso si él se emancipara de sus padres, el contrato establece que él todavía adeudaría una porción de su potencial bono de firma. El contrato le permite a Caraballo y Ortiz terminar con sus responsabilidades hacia el niño debido a un “bajo rendimiento”, pero de igual manera adeudaría el mismo porcentaje si fuera firmado.
En nuestra conversación, Ortiz se distanció de las muchas empresas de Caraballo. “Caraballo, mi compadre, tiene muchísimos negocios diferentes que yo no conozco”, dijo. “Yo sé de ese negocio que sé. Pero no soy su guardián. Ojalá que no esté haciendo nada ilegal… no que yo sepa”.
Más adelante, después de que le envié una lista detallada de preguntas, Ortiz envió una respuesta adicional a través de su abogado. La declaración decía que él “nunca autoricé a Caraballo a usar mi nombre o mi reputación para ganar la confianza de jóvenes peloteros o sus familias, para promover préstamos o inversiones, o para representar transacciones financieras como si fueran personalmente apoyadas o respaldadas por mí. Siempre he buscado hacer una contribución positiva al béisbol dominicano. Yo nunca participaría a sabiendas en ninguna operación que tenga la intención de tomar ventaja de un joven jugador o su familia”.
Ortiz dijo que terminó su relación personal con Caraballo “hace un año y medio o dos años” después de “darme cuenta una conducta de parte del señor Caraballo que yo consideré inapropiada. Comencé a distanciarme de él personalmente y dejé los asuntos relevantes en manos de mis asesores legales”.
Sin embargo, en septiembre pasado, Ortiz y Caraballo se filmaron viajando a Puerto Rico en un avión privado, bebiendo y bailando de camino al concierto de Bad Bunny.
Capítulo 5
Alrededor de las 4 de la mañana del 15 de enero de 2024, Belfi Rivera se levantó de su litera en la academia John Carmona. El complejo estaba casi vacío, ya que la mayoría de los otros niños se habían ido a casa para las vacaciones de Navidad. Belfi se puso una camiseta blanca, un traje formal azul marino, el primero que había tenido, zapatos marca Alexander McQueen y una cadena dorada, todo el vestuario comprado por Caraballo. Años antes, Belfi se había prometido a sí mismo que si lograba llegar como pelotero, él iba a tener una cadena de oro que brillara encima de su camiseta sucia de tierra, igual que los profesionales.
Era el día de la firma.
Los padres de Belfi llegaron y manejaron hacia Baseball City, las oficinas principales de los Diamondbacks y muchos otros equipos de las ligas mayores. Niños adolescentes y sus padres, todos vestidos de manera elegante, llenaban el lugar.
Belfi se recostó en un escritorio y puso su firma en el contrato que le habían prometido dos años antes. Él y otro jardinero dominicano eran los únicos prospectos de los Diamondbacks cuyos bonos excedían los $550,000 dólares. Muchos otros prospectos, si tenían suerte de llamar la atención de un equipo de las grandes ligas, les iba más como al hermano mayor de Belfi, Bernardo, un lanzador derecho quien había firmado con los Rangers de Texas por $10,000 dólares.
Para Rita, el momento era un milagro. “Cuando tu no tienes nada”, me dijo ella, “tú estás en cero, tú estás pasando mucha miseria, tus hijos pasando hambre. De repente, te llega una noticia … Ya íbamos a solucionar varios problemas que teníamos, varias deudas que ibamos a tener con que pagarlas, llevar a los niños al médico, llevarlos al colegio”.
Belfi posó para fotos frente a un telón que tenía los logos de los Diamondbacks. En una de ellas, tiene a Carmona y Caraballo a ambos lados. Carmona dijo que él no sabía que el prestamista había hecho tratos con la familia de Belfi hasta que llegó a la firma pavoneándose como si hubiese desempeñado un papel clave en el éxito de Belfi. “El equipo me preguntó ‘¿qué es lo que pasa?¿Qué hace este hombre aquí?’” dijo Carmona.
Menos de un mes después, el primer pago del bono de Belfi llegó: $900,000 dólares. Él y sus padres manejaron a la sucursal de Boca Chica del banco BHD, un edificio elegante de vidrio adornado con el logo de las Grandes Ligas y rodeado por las banderas de los 30 equipos. La sucursal es donde casi todos los prospectos van a recibir los pagos de sus bonos, y con frecuencia sirve de escenario de uno de los espectáculos más desagradables en el béisbol dominicano, el momento en que los entrenadores y los prestamistas se presentan para exigir su parte.
Caraballo, Carmona y el primer entrenador de Belfi, Jonathan Jiménez, estaban esperando. Según la política del BHD y de las grandes ligas, solo un jugador y sus padres pueden recibir el bono. Pero los padres de Belfi me dijeron que Caraballo tomó el liderazgo, recolectó las cédulas y se las pasó a la cajera. Ni Rita ni Eduardo habían tenido jamás una cuenta bancaria. Ahora un oficial del banco ayudó a Belfi a abrir una, y comenzó la complicada repartición de su día de pago.
Según los términos de su contrato con Rita y Eduardo, a Carmona le debían $630,000 dólares y a Jiménez $90,000. Sin embargo, Jiménez le había vendido su parte a Caraballo anteriormente, uno de al menos dos acuerdos que el prestamista había firmado con los antiguos entrenadores de Belfi.
Eso dejó $180,000 que se le debían a Caraballo como el pago del préstamo de $25,000. Carmona describió el ambiente como de “mucha duda, mucha desconfianza”. La excepción, dijo él, era Belfi, quien parecía estar ajeno a lo que sucedía, confiado que todo iba a funcionar. Belfi me dijo que otros jugadores le habían advertido que él vería muy poco dinero de la primera parte de su bono. Salió del banco sin nada.
En una reunión en la oficina de Caraballo, Eduardo y Rita dijeron que él rompió un contrato. Ellos entendieron que esto significaba que su deuda estaba pagada. A medida que se acercaba el día que Belfi iba a recibir la segunda parte de su bono, Rita y Eduardo dijeron que Caraballo comenzó a venderles una idea: podían asociarse con él y David Ortiz. Ellos no tendrían la capacidad necesaria para administrar los cientos de miles de dólares que todavía los Diamondbacks le debían a Belfi. En vez de eso, ellos podían invertir el dinero, lo cual produciría un ingreso fijo y evitaría que malgastaran su fortuna.
Eduardo me dijo que él no pudo seguir cada detalle, pero dijo que estaba convencido desde que Caraballo describió que entrarían en un negocio con Ortiz. “Yo me puse contento porque ya mi muchacho va a tener una gente que le puede dar un consejo”, dijo él.
Eduardo sí tuvo un breve momento de duda. Después de una llamada con Caraballo, él le dijo a Rita, “Cuidado si ese hombre nos engaña”. Pero luego los dos estuvieron de acuerdo que él era demasiado buena persona para hacer eso.
Capítulo 6
A lo largo de mi reportaje, el gran misterio era si los problemas con el béisbol en la República Dominicana eran tan bien conocidos, ¿por qué ni la liga ni el sindicato los resolvían?
Le hice esta pregunta a Lou Melendez, quien trabajó para las Grandes Ligas desde 1983 hasta 2016, incluyendo que fue vicepresidente de operaciones internacionales, y que ahora es asesor del sindicato de peloteros.
Me dijo que estaba desconcertado por la falta de acción de la liga, que en el pasado ha sancionado a equipos y directivos por violar las reglas internacionales. “Si hubieran querido, simplemente podrían haber dicho: “Miren, un memorándum de la oficina del comisionado para los clubes. Si descubrimos que tienen algún preacuerdo con algún jugador, los sancionaremos”.
En vez de eso, los oficiales de las Grandes Ligas han vacilado entre la indiferencia y la impotencia. Atestiguando en los tribunales en 2023, Yerik Pérez, el director de la liga en la República Dominicana en ese momento, le restó importancia al significado de los preacuerdos. Son simplemente, dijo él, “conversaciones que se dan entre los jugadores, familiares y los equipos, que se hacen estimaciones, proyecciones del interés de firmar”.
Cuando le preguntaron al comisionado de las Grandes Ligas, Rob Manfred, acerca de los preacuerdos durante una visita a la República Dominicana el año pasado, él reconoció que eran “problemáticos”, pero dijo que “la mejor solución a los acuerdos anticipados es un sorteo”.
Esta ha sido su postura desde que entró a la oficina en el 2015, argumentando que la liga necesita instituir un sorteo para los prospectos de Latinoamérica que funcione de manera similar al sorteo para los jugadores estadounidenses y canadienses. El cambio haría que los preacuerdos sean imposibles ya que el equipo no sabría cuál jugador podría firmar hasta que llegara el día del sorteo.
Este único enfoque ha llevado a que algunos observadores se pregunten si es que la liga está siendo negligente de manera intencional. “Si quisieran poner reglas, lo harían”, dijo Rafa Nieves, uno de los principales agentes para los jugadores dominicanos. “Ellos quieren hacer que la situación empeore para que la única solución sea un sorteo internacional”.
El obstáculo principal para establecer un sorteo internacional ha sido el sindicato de peloteros. Sus razones están claras: un sorteo restringiría la capacidad de un prospecto de elegir a su empleador y eliminaría la competencia entre los equipos que impulsan bonos más altos. Aunque el sindicato reconoce que el sistema dominicano tiene problemas, el sindicato, también, culpa a la liga por no hacer cumplir las reglas existentes.
La liga y el sindicato han estado debatiendo este tema durante décadas. Antes de la temporada de béisbol de 2017, ambas partes acordaron imponer un “límite fijo”, que restringiría cuánto dinero un equipo puede gastar para firmar a jugadores internacionales. La cantidad cambia cada año y según el equipo. En el 2026, el total que un equipo puede gastar oscila entre $5.4 y $8 millones de dólares. El límite fijo, sin embargo, tuvo una consecuencia no deseada: llevó a un aumento en los preacuerdos. Si los equipos no podían ganarle a sus competidores con dinero, lo harían haciendo compromisos con niños jugadores cada vez más pequeños.

A principios del 2022, la liga y el sindicato estuvieron cerca de establecer un sorteo internacional mientras negociaban un nuevo acuerdo de negociación colectiva. Las negociaciones se rompieron, y los dueños dejaron a los jugadores fuera de los entrenamientos de primavera. El sorteo internacional, se reportó ampliamente, se convirtió en un punto principal de conflicto, y el sindicato estuvo cerca de aceptarlo.
Esto fue cuando David Ortiz intervino. Aunque él está retirado, los jugadores escuchan lo que tiene que decir. Ortiz circuló un mensaje de voz a jugadores y entrenadores dominicanos, declarando una “alerta roja” de que el sindicato estaba a punto de aceptar realizar un sorteo internacional. Compartió el número de teléfono de Tony Clark, el director ejecutivo del sindicato, y les exhortó a todos a expresar una fuerte oposición.
“Si permitimos que hagan el draft aquí en la República Dominicana, hasta los hijos de los hijos de los hijos de ustedes, y de nosotros todos, van estar afectados por eso”, dijo Ortiz, según una copia del mensaje de audio, la cual obtuve. “Así que tenemos que empezar esa campaña fuerte de ‘No al draft’. Llévense de mí. Ya yo no juego pelota, pero yo sé lo que estoy diciendo. Si dejamos que nos metan esa cabra por acá vamos a comer de la pelota dos gatos. Ustedes saben que aquí, en esta nación, de una manera u otra, más de un 40% de la población come del béisbol, por no decir otro número”.
Ese porcentaje fue una exageración, pero muchos jugadores retirados, incluido Ortiz, tienen academias de entrenamiento. Amaurys Nina, un entrenador muy respetado, me dijo que muchos de ellos desde hace mucho han utilizado su influencia para bloquear cualquier cambio en la industria. “Estos jugadores quieren que el negocio se quede de la manera que es”, dijo él.
Algunos jugadores dominicanos activos también se manifestaron, incluyendo al campocorto de los Mets, Francisco Lindor, y Fernando Tatis Jr., el campocorto de los Padres, cuyo padre, un pelotero de grandes ligas retirado, era dueño de una academia. Con un sorteo internacional, los equipos probablemente firmarán menos jugadores dominicanos, especialmente los prospectos marginales. Tatis parecía estar refiriéndose a eso cuando le dijo a un reportero dominicano que un sorteo internacional “va a matar el béisbol en la República Dominicana”. Tatis no respondió a una solicitud de comentarios que enviamos a través de su agente.
El día después de que Ortiz envió su mensaje de voz, la liga terminó con el bloqueo, y ambos lados decidieron dejar para después la idea de un sorteo internacional y llegaron a un acuerdo sobre el contrato. El sorteo es nuevamente un punto de contención ya que ambos lados han comenzado a negociar un nuevo contrato. (El sindicato declinó comentar sobre la nota de voz de Ortiz).
Cuando hablé con Ortiz el año pasado, le pregunté si él se oponía a un sorteo internacional debido a los intereses de negocios suyos y de Caraballo. Él no respondió y colgó la llamada de una vez.
En la declaración que hizo a través de su abogado, Ortiz dijo que su posición con relación al sorteo internacional “estaba basada en mis opiniones con relación al desarrollo de los jugadores dominicanos y el impacto que yo creo que dicho sistema tendría en el béisbol en nuestro país”.
Capítulo 7
El segundo pago del bono de Belfi llegó el 13 de junio del 2024. Cuando sus padres y su hermano vinieron a recogerlo a la academia de entrenamiento de los Diamondbacks, Caraballo estaba esperando en el parqueo. Él invitó a la familia a que se subiera en su yipeta Mercedes para que pudieran ir juntos a la sucursal del BHD.
Según iba manejando, Caraballo se volvía más agresivo con su propuesta. Dijo que les pagaría un dividendo de cientos de miles de pesos, aproximadamente $10,000 dólares al mes, según dijeron Rita y Eduardo. Al describir lo que entendieron de la propuesta, me dijeron que el prestamista les prometió una vez más que pusieran el dinero en un fondo o en un negocio que involucraba a Ortiz, pero que ellos no tenían idea de qué tipo de negocio. Caraballo, dijeron, les aseguró que ellos arreglarían los detalles al día siguiente en su oficina.
En este trayecto en el carro fue la primera vez que Belfi supo que él saldría del banco con poco o ningún dinero. Pero él me dijo que confiaba en sus padres, en Caraballo y en cualquier plan que involucrara a Ortiz.
Ya en el banco estaba Jiménez, el antiguo entrenador de Belfi. Él me dijo que estaba ahí como amigo de la familia para estar pendiente de cómo iban las cosas. Pero también admitió que estaba ahí con la esperanza de que Rita y Eduardo le darían algo más por sus años entrenando a Belfi.
A la familia de Belfi la llevaron a un salón para revisar la documentación con un banquero. Según Rita y Eduardo, Caraballo entró y salió para asegurarse de que la familia le firmara el dinero para invertir. A diferencia de Belfi, su hermano estaba alarmado con lo que estaba pasando. Él le envió un texto a Jiménez diciendo que Caraballo se estaba robando el bono. Jiménez dijo que comenzó a seguir a Caraballo alrededor del banco, llamándolo ladrón. Eduardo recuerda a Jiménez gritando, “Caraballo, no engañes a esos pobres infelices”. El prestamista, en respuesta, acusó a Jiménez de intentar estafar a la familia.
En medio de los gritos, Belfi le dijo al banquero que quería quedarse con una parte del dinero para poder tenerlo cuando lo promovieran a las menores en los Estados Unidos. Con la asesoría del banquero, él se quedó con $196,000 dólares. Según Rita, Caraballo estaba molesto de que no estaba obteniendo la cantidad completa y dejó claro que estaba enojado porque la familia no confiaba en él. Protegido por dos guardaespaldas, salió rápido del banco con un cheque de caja de $703,900. El memorando del cheque decía “pago entrenador”.
En su declaración, Ortiz dijo que nunca estuvo al tanto de que Caraballo “operaba un fondo de inversiones a través del cual el dinero perteneciente a peloteros supuestamente se tomaba o se utilizaba para fines de inversión”.
El BHD no respondió a preguntas detalladas con relación a las experiencias de Belfi en la sucursal de Boca Chica. Sin embargo, el banco dijo en un comunicado que está comprometido con “la protección de todos nuestros clientes, incluyendo los jóvenes prospectos peloteros. Las decisiones sobre el destino de los fondos de nuestros clientes corresponden exclusivamente a los titulares de las cuentas o a las personas legalmente autorizadas para actuar en su nombre”.
Eduardo me dijo que con frecuencia vuelve a pensar en ese día, dándose cuenta de que fue la culminación de haber sido tomado por tonto. Él escuchó con atención cada palabra de los consejos de Caraballo, todo hasta llevarlo “al gancho”: entregar el dinero en el banco “sin papel, sin documento, sin nada”.

Rita dijo que ella llamó a Caraballo para reunirse al día siguiente, pero él le dijo que había viajado a Miami. En las semanas siguientes, ellos trataron de llamarlo en numerosas ocasiones, dijo ella, pero él ni tomaba la llamada o las llamadas se caían. Los estados bancarios muestran que él les envió tres pagos por un total de menos de $10,000 dólares, dinero que ellos entendieron era el resto del préstamo que él había acordado más de un año antes.
Finalmente, Rita dijo que Caraballo le dejó claro que la inversión con Ortiz había fracasado. Que él no le iba estar pagando a la familia los dividendos mensuales como había prometido. Pero, según dice Rita, él le aseguró que “cualquier cosa él está ahí, nos ayuda en lo que sea” para apoyar a la familia.
Para ese entonces Rita y Eduardo se habían enterado de casos de otros padres que acusaban a Caraballo de haberles robado el bono de sus hijos. La familia, ella se dio cuenta, tenía que conseguir un abogado. Ella solo conocía a uno, un abogado comercial local quien aceptó tomar el caso y trajo a un criminalista de Santo Domingo.
En la opinión de los abogados, el interés que Caraballo le cobró a la familia de Belfi era legal bajo la ley dominicana. Sin embargo, en una queja a los fiscales que presentaron en noviembre de 2024, describieron como fraude la promesa de Caraballo de invertir el dinero de la familia y pagarles dividendos, aprovechándose de la “vulnerabilidad de [un] menor”.
“Es obvio que el imputado nunca tuvo la finalidad de una inversión en algún mercado bursátil, sino que se aprovechó de su ‘aparente amistad’ con David Ortiz y eso sumado a la admiración que ejerce la ciudadanía en pro del ex pelotero”, escribieron ellos.
Poco después, la madre de Rita murió, y Caraballo la llamó para ofrecerle sus condolencias, así como también 100,000 pesos, un poco menos de $1,600 dólares, para cubrir el funeral y otros gastos. Rita dice que le dijo que haga que sus abogados llamen a los abogados de ella.
Belfi, también, había perdido la confianza en Caraballo. La cadena dorada que el prestamista le había dado el día de la firma, la que hizo sentir a Belfi como que ya había llegado como pelotero, había comenzado a ponerse negra. La cadena, se dio cuenta Belfi, era de hierro, y él la tiró a la basura.
Caraballo continuó enviándole mensajes, me dijo Belfi, intentando hacer que él pudiera persuadir a sus padres para retirar la demanda. Siguiendo el consejo de los abogados, Belfi lo bloqueó. Poco antes de cumplir 18 en diciembre de 2024, Belfi estaba en Pedro Brand, caminando desde un campo de béisbol local cuando, según él, una camioneta blanca marca Volvo se paró a su lado. El conductor, un hombre que Belfi nunca había conocido, le dijo que se subiera. Belfi dice que el hombre tenía una pistola en la cintura.
Una vez montado en el carro, Belfi dijo, el conductor le informó que lo iba a llevar a ver a Caraballo en Santo Domingo. Belfi estaba seguro de que el prestamista había despachado “una maldad”. El hombre llevó a Belfi a una joyería, en donde Caraballo lo estaba esperando. Estaba de muy buen humor, me dijo Belfi. Lo saludó con calidez y después de consultar con el joyero, eligió una cadena y le dijo a Belfi que era un regalo.
Luego ellos se fueron a la oficina de Caraballo, en donde el prestamista reveló el propósito de la reunión. Según Belfi, Caraballo le dijo que los Diamondbacks no iban a querer un prospecto que estuviera involucrado en algo tan feo como una demanda. Belfi también dijo que Caraballo le advirtió que si tenía un caso legal abierto, no lo dejarían salir del país para jugar en las menores. La última afirmación no es verdad, pero Belfi no sabía eso.
El día después de que Belfi se convirtió en adulto legalmente, dijo él, el conductor lo recogió y lo llevó a la capital para sacar su cédula. Después de eso, fueron a la oficina de Caraballo en donde el prestamista y un abogado estaban esperando, y Belfi firmó los papeles que pusieron frente a él. “Y ya, el miedo habló”, me dijo Belfi.
El significado de esos documentos se volvió claro en los meses siguientes. Con su firma, Belfi había despedido a sus abogados, había contratado a los abogados de Caraballo como propios y había retirado la demanda. La acción criminal en contra de Caraballo, escribió el fiscal en una decisión final, “se ha extinguido”.
Capítulo 8
Casi inmediatamente Belfi se arrepintió de haber firmado los documentos que socavó el caso en contra de Caraballo. Con lágrimas en los ojos, pidió disculpas a sus abogados. Cuando hablé con uno de los abogados, Omar Chapman, dijo que pensaba que el prestamista se había aprovechado de Belfi. Caraballo le dijo: “Mire, este documento es para resolver todos los problemas, no te preocupes”, dijo Chapman, quien agregó que Belfi podría ser legalmente un adulto, pero “él llegó como hasta tercero de la primaria”.
Me dijo que para la Navidad pasada ya había gastado los 196,000 dólares. Pagó las múltiples deudas de su familia, cubrió la cirugía del pie de su padre, invirtió dinero en la barbería en problemas de su hermano, y según él mismo admitió, gastó el dinero en cosas estúpidas: préstamos a amigos que no va a recuperar y en joyería para él y sus novias.
Cuando se acercó la Navidad, Caraballo envió un mensajero a Rita con $20,000 pesos, un poco más de $300 dólares, para comida y ropa para los niños. Rita me dijo que ella sabía lo que estaba haciendo Caraballo. “Él básicamente está tratando de comprarnos de nuevo … para quedarse con lo que él quiere de nosotros”, dijo ella. Pero esta vez, ella no rechazó la limosna.
Cuando visité a Rita y Eduardo este verano, ellos parecían estar en peores condiciones que la primera vez que los vi. Con cuatro niños todavía en casa, Rita recientemente había abierto un puesto de comida al otro lado de la calle, vendiendo salami, plátanos, huevos y café a las personas que van de camino al trabajo. Es un trabajo miserable y plagado de moscas que la obliga a levantarse a las 4 de la mañana para ganar apenas cinco dólares al día. Eduardo sigue trabajando como guachimán en una escuela local.
Belfi me dijo que los Diamondbacks le pagaban $100 dólares a la semana durante los dos meses y medio que juega en la liga de verano dominicana y que el equipo le provee a sus jugadores los suministros para jugar cuando firman, pero después ellos están por su cuenta. Antes de la última temporada, Belfi tomó prestado aproximadamente $2,500 dólares de un prestamista local, y gastó parte de ese dinero en clavos, un guante, bates y medicina para su papá. El préstamo venía con un interés de 30% cada dos semanas. La deuda creciente causó que Belfi se mantuviera alejado de Pedro Brand.
Fui a la academia de los Diamondbacks, unas instalaciones nuevas e inmaculadas, con la esperanza de ver a Belfi jugar. La liga de verano, que tiene tantos peloteros que la mayoría de las organizaciones llenan múltiples equipos, es un reflejo del enfoque de volumen de las Grandes Ligas con respecto al talento latino. Pocos jugadores duran más allá de las tres temporadas — o los promueven, o los eliminan.

Belfi está ahora en su tercer año. En sus primeras dos temporadas, tuvo dificultades para batear un mísero .202 con un jonrón. Ya no aparece en los ranqueos de los prospectos internacionales. Sus amigos que firmaron el mismo año que él han sido promovidos. También fue promovido su hermano Bernardo, quien ahora está en un equipo de ligas menores de los Rangers en los Estados Unidos.
Cuando Belfi y yo hablamos, él admitió que ha sido difícil jugar béisbol con todas las cosas que han estado en su cabeza. “Yo decía, ¿para qué seguir más trabajando si lo que yo consigo siempre lo pierdo?” se preguntó.
Los entrenadores y los escuchas que han observado a Belfi durante años me dijeron que es obvio que lo que le ha pasado ha afectado su juego. Uno dijo, “Estos hombres le quitaron todo lo que él tenía y le robaron su motivación”.
En un día de junio caluroso y nublado, el equipo de Belfi recibía a los Marineros de Seattle. Fue un partido desordenado, lleno de errores y de bateadores que recibían golpes de bolas rápidas que los lanzadores aún no habían aprendido a controlar. Las únicas personas en las gradas, además de unos cuantos familiares, eran escuchas y oficiales que registraban cada dato. Pero los jugadores vitoreaban, coreaban y sacudían la verja de alambre de la caseta. Belfi no estaba en la alineación.
Cuando lo encontré después, Belfi explicó que sus entrenadores lo tenían haciendo práctica de bateo la mayor parte del juego. Ellos querían que él trabajara en “un poco de todo”, dijo él. A pesar de que los Diamondbacks lo ponen en el banco con frecuencia, Belfi todavía parecía esperanzado. Le pregunté cuál era su objetivo inmediato, y me dijo con una sonrisa, “salir de aquí lo más rápido posible”.
Un mes después, en un partido empatado en entradas extras en contra del equipo de los Cachorros, los Diamondbacks llamaron a Belfi para batear como sustituto con dos outs y dos hombres en base. Él disparó un sencillo al jardín central para ganar el partido. Sus compañeros de equipo lo rodearon, y Belfi, con una gran sonrisa, saltaba de alegría con los brazos en alto.
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